Ahora se encontraba ahí, hundido en un negro sillón, ignorando a su entorno porque en su mente libraba una dura batalla. Miles de recuerdos seguramente invadían su cabeza, mientras intentaba en vano entender que los rostros que alegraban su existencia ya no forman parte de este mundo. Sus tres vástagos fueron arrebatados de este purgatorio con una velocidad mortal y su esposa se encontraba en terapia intensiva, con la indecisión de vivir o acompañar a sus hijos en otro sitio.
No imagino la magnitud del dolor de aquel pequeño hombre que estaba a pocos instantes de aparecer en televisión. Un señor se acercó a ofrecerle una taza de café. Él la aceptó sin mencionar palabra. Yo no podría estar ahí sentada luego de perder a mi familia, pero él quiere contar su historia. Tiene sed de justicia.
Una mujer de aspecto sereno sostiene la mano de aquel valiente. Nadie conversa. Todo estaba en silencio como si se rindiera un postrero homenaje a los seres que en dos horas serían llevados a su morada de descanso eterno. De repente, un sentimiento de impotencia me invadió, e intenté buscar en mi mente alguna palabra que pudiera brindar aliento al señor que lloraba sin emitir sonido.
Búsqueda infructuosa. No existen palabras que consigan siquiera atenuar un dolor de esa dimensión. Yo no puedo opinar sobre algo que desconozco. Sería una hipocresía mencionar "lo siento mucho". Acaso yo puedo sentir lo que él experimenta en ese momento? Era imposible. El dolor del vacío que deja la muerte solo puede ser atenuado con el silencio. Pero él quiere hablar, sí, quiere hablar en vivo, quiere pedir justicia, quiere contar su historia.
Y así llegó el momento decisivo. Se paró y por primera vez levantó la cabeza. Caminó lentamente hacia el estudio, mientras un señor acomodaba el micrófono en su camiseta negra. Se sentó frente a dos panelistas y a la conductora del programa. Un zoom de la cámara mostró a los televidentes sus ojos cristalinos y la expresión de dolor que evidenciaba su rostro.
"Esto no puede quedar así. Exijo justicia", sentenció con voz gangosa y su mirada adquirió un matiz austero. No habló demasiado. Ya había dicho lo que su alma anhelaba exclamar. Había roto el silencio para buscar justicia, mientras su esposa se encontraba en un hospital cercano, conectada a miles de cables que buscaban brindarle una chispa de vida.
Luego de que el hombre expresó su demanda, el director de tránsito se deshizo en ofrecimientos, casi jurando por su vida ajusticiar al borracho que quiso contribuir a la reducción de la sobrepoblación mundial al exterminar 16 vidas en tan solo segundos. Sí, ojalá este país no sufriera de amnesia, pero parece que el fantasma del Alzheimer lo invade.
Miles de personas son asesinadas, mutiladas, arrolladas, atropelladas, exterminadas en manos de otros, y sus imágenes cubren a diario las noticias. Sí, un día son noticias, al siguiente ya forman parte de la historia. De una historia que no quiere ser contada. De una historia que las personas mencionan solo un momento, para luego poderla borrar. Somos seres que sufrimos de amnesia. Y es así que aquel señor que con valentía se repuso a su dolor para exclamar justicia, mañana será tan solo un archivo de un programa, una historia olvidada en medio de la ciudad.
Cuando se retiraba del estudio, observé su pequeña figura pasar por la puerta y sentí que mi corazón reducía su tamaño. Miré hacia una pared tratando de reprimir mis emociones. Regresé la mirada, pero él ya no estaba. Desapareció como las cientos de miles de historias que se desvanecen en unos cuantos segundos. Permanecí ahí con la mirada perdida, me senté en el negro sillón y con los ojos casi cristalinos reflexioné impotente: Una historia más que permanecerá impune en mi país. Triste subdesarrollo infernal...