domingo, 19 de septiembre de 2010

El país de la impunidad

Observé sus ojos azabache de mirada perdida, las manos en sus temblorosos labios y las lágrimas que querían brotar tornando vidriosas sus pupilas... Él luchaba por no demostrar debilidad, aunque todos en silencio comprendíamos su dolor. Probablemente nuestros caminos nunca se hubieran cruzado si un borracho no hubiera acabado con su familia unas cuantas horas antes. Ojalá hubiera ocurrido de esa forma, mas no era así.

Ahora se encontraba ahí, hundido en un negro sillón, ignorando a su entorno porque en su mente libraba una dura batalla. Miles de recuerdos seguramente invadían su cabeza, mientras intentaba en vano entender que los rostros que alegraban su existencia ya no forman parte de este mundo. Sus tres vástagos fueron arrebatados de este purgatorio con una velocidad mortal y su esposa se encontraba en terapia intensiva, con la indecisión de vivir o acompañar a sus hijos en otro sitio.

No imagino la magnitud del dolor de aquel pequeño hombre que estaba a pocos instantes de aparecer en televisión. Un señor se acercó a ofrecerle una taza de café. Él la aceptó sin mencionar palabra. Yo no podría estar ahí sentada luego de perder a mi familia, pero él quiere contar su historia. Tiene sed de justicia.


Una mujer de aspecto sereno sostiene la mano de aquel valiente. Nadie conversa. Todo estaba en silencio como si se rindiera un postrero homenaje a los seres que en dos horas serían llevados a su morada de descanso eterno. De repente, un sentimiento de impotencia me invadió, e intenté buscar en mi mente alguna palabra que pudiera brindar aliento al señor que lloraba sin emitir sonido. 

Búsqueda infructuosa. No existen palabras que consigan siquiera atenuar un dolor de esa dimensión. Yo no puedo opinar sobre algo que desconozco. Sería una hipocresía mencionar "lo siento mucho". Acaso yo puedo sentir lo que él experimenta en ese momento? Era imposible. El dolor del vacío que deja la muerte solo puede ser atenuado con el silencio. Pero él quiere hablar, sí, quiere hablar en vivo, quiere pedir justicia, quiere contar su historia. 

Y así llegó el momento decisivo. Se paró y por primera vez levantó la cabeza. Caminó lentamente hacia el estudio, mientras un señor acomodaba el micrófono en su camiseta negra. Se sentó frente a dos panelistas y a la conductora del programa. Un zoom de la cámara mostró a los televidentes sus ojos cristalinos y la expresión de dolor que evidenciaba su rostro. 

"Esto no puede quedar así. Exijo justicia", sentenció con voz gangosa y su mirada adquirió un matiz austero. No habló demasiado. Ya había dicho lo que su alma anhelaba exclamar. Había roto el silencio para buscar justicia, mientras su esposa se encontraba en un hospital cercano, conectada a miles de cables que buscaban brindarle una chispa de vida. 

Luego de que el hombre expresó su demanda, el director de tránsito se deshizo en ofrecimientos, casi jurando por su vida ajusticiar al borracho que quiso contribuir a la reducción de la sobrepoblación mundial al exterminar 16 vidas en tan solo segundos. Sí, ojalá este país no sufriera de amnesia, pero parece que el fantasma del Alzheimer lo invade. 

Miles de personas son asesinadas, mutiladas, arrolladas, atropelladas, exterminadas en manos de otros, y sus imágenes cubren a diario las noticias. Sí, un día son noticias, al siguiente ya forman parte de la historia. De una historia que no quiere ser contada. De una historia que las personas mencionan solo un momento, para luego poderla borrar. Somos seres que sufrimos de amnesia. Y es así que aquel señor que con valentía se repuso a su dolor para exclamar justicia, mañana será tan solo un archivo de un programa, una historia olvidada en medio de la ciudad. 

Cuando se retiraba del estudio, observé su pequeña figura pasar por la puerta y sentí que mi corazón reducía su tamaño. Miré hacia una pared tratando de reprimir mis emociones. Regresé la mirada, pero él ya no estaba. Desapareció como las cientos de miles de historias que se desvanecen en unos cuantos segundos. Permanecí ahí con la mirada perdida, me senté en el negro sillón y con los ojos casi cristalinos reflexioné impotente: Una historia más que permanecerá impune en mi país. Triste subdesarrollo infernal...

Confieso

Confieso que a veces no soy la mejor, que suelo irritarme con facilidad y que en ocasiones no encuentro respuestas ante situaciones poco complejas. Confieso que en mis momentos de soledad miles de pensamientos agobian mi mente, pero siempre desencadenan instantes como éste en el que las letras se convierten en mi defogue. Confieso que soy incondicional con quienes amo y que también puedo ser un verdadero martirio para los seres que deambulan queriendo torturar a otros. Confieso que creo en Dios sobretodo y que su presencia ha iluminado mi vida. Confieso que creo en el destino, pero solo en la medida que pueda cambiarlo, transformarlo y hasta desviarlo. Confieso que mi corazón no alberga rencores ni malos deseos, solo algunos que otros ligeros raspones productos del tiempo y de los malos momentos que felizmente han sido pasajeros. Confieso que amo sin condiciones y que no tolero que alguien ataque a quienes quiero. Confieso que muchas veces he actuado un poco impulsiva, sin ocasionar daño. Confieso que no soporto la injusticia, aquella palabra que ha perdido su connotación negativa por exceso de uso. Confieso que vivo con almas benditas en un mismo techo que nos da el abrigo. Confieso que conozco personas carentes de valores y de las que procuro mantener distancia. Confieso que tengo amigos verdaderos a los que espero que el tiempo nos una de nuevo. Confieso que mi vida ha sido hermosa, con colores oscuros y tonos de arco iris, una amalgama de sentimientos nobles y actitudes positivas que me han permitido crecer. Confieso que siento temor de la muerte, aunque sienta que hay algo sublime después de ella. Confieso que creo en los ángeles y que al mirar al cielo siento que alguien me observa. Confieso que estoy enamorada de la vida, porque me ha encausado por caminos gratificantes, y es así que me encuentro rodeada de seres que son pequeñas luces que guían mi sendero. Sí, confieso, confieso que soy feliz. Confieso que amo con todas mis fuerzas. Confieso que me encuentro en un momento de dicha. Confieso, confieso que estoy siendo sincera y que momentos como éste no suelen repetirse. Por eso agradezco poder reflexionar sobre mi vida para plasmar en letras lo que mi corazón siente. Soy feliz gracias a ustedes. Gracias por formar parte de mi camino y por compartir conmigo miles de sonrisas. Confieso que hoy vivo a plenitud y con pasión, siempre de la mano de Dios.