La maté. Fue un debate de vida o muerte. Me pregunto si alguien la extrañará. Sé que yo no. Jamás extrañaría su manera de obstaculizarme y de hacer mi vida miserable. Se creía mejor que nadie y yo... la maté. No fue una lucha fácil, cabe recalcar, pero luego de algunos momentos de crisis decidí finalmente exterminarla. ¿Si tengo remordimiento? NO, era necesario hacerlo. Yo debía tomar la decisión que había postergado para evitar el caos. Siempre he querido orden en mi existencia y he luchado por imponerlo, pero no lo he conseguido a plenitud.
Lo he conseguido. No la veré más. Ha claudicado. Siento un gozo por dentro que me hincha el pecho de emoción. Sonrío con optimismo y esperanza, como si su muerte hubiera renovado mi vida. De la muerte resurge la vida, y así ocurrió en este caso.
Quizás crean que soy una psicópata, pero aquí el único ente del mal era ella. Yo no.
Luego de tanto preámbulo, seguramente querrán saber quién es la "víctima", que maté a sangre fría. Pues no hubo sangre ni sufrimiento, porque no era real. No era un ser de carne, hueso y flujos sanguíneos, aunque se alimentaba y crecía con mis miedos.
Sí, la aniquilé. No fue una lucha corporal, porque no era algo material. Era etéreo. Mas formaba parte de mí. Me había acompañado desde hace muchos años y no sabía cómo alejar su lastimera presencia.
Pero un día me armé de valor, su principal enemigo. Di el primer paso hacia un camino desconocido y aunque mis piernas temblaban de miedo, continué. Mi tembladera inicial sé que la regocijó y le dio fuerza, mas aun así pude avanzar para minimizarla con mi ímpetu.
Empecé a recorrer ese anónimo sendero dejando en cada paso los temores. Sentía que aquella ruta me iba a traer mayor gozo, pero ella insistía en hacerme dudar. Susurraba frases que me robaban el aliento, me rodeaba con un sudor frío que me estremecía, perturbaba mi mente con su presencia; mas decidí seguir adelante.
Cuando estaba cerca del final se aferró a mí con una desesperación que me inquietó y reforzó mis dudas sobre el recorrido.
Me lanzó al suelo, caí derrotada y no podía dar ni un paso sin sentir la angustia recorrerme con frialdad.
Me armé con pensamientos positivos, pero ella era fuerte y luchaba por desvanecerlos. Sabía que no sería fácil y forcejeé con ella.
Grité con todo mi ser, fue un grito liberador, grité al recordar todos mis momentos de duda, todos aquellos instantes en los que ella había triunfado y me había hecho fracasar.
Extendí mis brazos para emanciparme y me levanté con un brío que ella no esperaba. Era la primera vez que yo actuaba así. Estaba desconcertada.
Grité nuevamente y mi mirada reflejaba fulgor y esperanza. En ese preciso segundo, ella se redujo. Se debilitó, cayó en el suelo y comenzó a convulsionar. El susto quiso invadirme nuevamente, pero no lo dejé.
Me paré frente a ella y sonreí satisfecha. Ella cada vez se reducía más y más.
Decidí darle la espalda y finalizar mi recorrido. A medida que me alejaba escuchaba sus gemidos desesperados y más me fortalecía. Cuando llegué al final del camino pude divisar una recompensa que no esperaba. Era grande. Y era mía.
Sí, yo la maté. Yo maté a la Cobardía. La dejé en el sendero y solo así pude llegar a la meta. Sé que a veces quiere resucitar, pero mi Valentía se lo impide. Está muerta. Sí. Yo acabé con su execrable presencia.
martes, 20 de julio de 2010
viernes, 16 de julio de 2010
Una pequeña parte
Sentí que nadie se preocupó por mí. Los amigos que me rodeaban no fueron más que afiches inanimados, meros observadores imperturbables de los hechos que me acontecían. No quería ver a nadie. La soledad parecía una solución gratificante y el silencio me permitía reflexionar. Lloraba sin emitir sonidos. No supe hacerme respetar y nadie estuvo ahí para ayudarme.
Pasaron muchos años, pero esos hechos marcaron rasgos en mi personalidad.
Cuando superé esa situación y luego de tantas reflexiones, sentí la necesidad de convertirme en aquella "defensora" que no tuve en mi momento de crisis.
Y así cada vez que alguien molestaba a una persona sin ninguna razón, yo interfería como si fuera una abogada y arremetía contra aquel ser que buscaba humillar a otro.
Me hice intolerante frente a las injusticias. Contrario a lo que pudo haber pasado, me convertí en una persona preocupada por los demás. Aunque en ese difícil momento no tuve un apoyo y las personas en las que confiaba me dieron la espalda, decidí actuar de manera distinta.
Me armé con una coraza y salí a enfrentarme contra aquellos que buscaban minimizar a otros. Seres patéticos que no conocen ni la victoria ni la derrota.
Defendía a los atacados y me defendía a mí misma. Discusiones iban y venían, no me importaba. No había ningún motivo para que me importara porque la principal satisfacción que tenía era observar a mis "defendidos" y notar que en realidad contribuía en sus vidas.
Continuo alzando mi voz cuando percibo una injusticia, y mi preocupación por el bienestar de los otros se mantiene como una de mis prioridades.
Esta es una pequeña parte de mí. Un pequeño átomo que constituye mi ser, pero que se ha convertido en un rasgo importante en mi vida.
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