martes, 20 de julio de 2010

Yo la maté

La maté. Fue un debate de vida o muerte. Me pregunto si alguien la extrañará. Sé que yo no. Jamás extrañaría su manera de obstaculizarme y de hacer mi vida miserable. Se creía mejor que nadie y yo... la maté. No fue una lucha fácil, cabe recalcar, pero luego de algunos momentos de crisis decidí finalmente exterminarla. ¿Si tengo remordimiento? NO, era necesario hacerlo. Yo debía tomar la decisión que había postergado para evitar el caos. Siempre he querido orden en mi existencia y he luchado por imponerlo, pero no lo he conseguido a plenitud.
Lo he conseguido. No la veré más. Ha claudicado. Siento un gozo por dentro que me hincha el pecho de emoción. Sonrío con optimismo y esperanza, como si su muerte hubiera renovado mi vida. De la muerte resurge la vida, y así ocurrió en este caso.
Quizás crean que soy una psicópata, pero aquí el único ente del mal era ella. Yo no.
Luego de tanto preámbulo, seguramente querrán saber quién es la "víctima",  que maté a sangre fría. Pues no hubo sangre ni sufrimiento, porque no era real. No era un ser de carne, hueso y flujos sanguíneos, aunque se alimentaba y crecía con mis miedos.
Sí, la aniquilé. No fue una lucha corporal, porque no era algo material. Era etéreo. Mas formaba parte de mí. Me había acompañado desde hace muchos años y no sabía cómo alejar su lastimera presencia.
Pero un día me armé de valor, su principal enemigo. Di el primer paso hacia un camino desconocido y aunque mis piernas temblaban de miedo, continué. Mi tembladera inicial sé que la regocijó y le dio fuerza, mas aun así pude avanzar para minimizarla con mi ímpetu.
Empecé a recorrer ese anónimo sendero dejando en cada paso los temores. Sentía que aquella ruta me iba a traer mayor gozo, pero ella insistía en hacerme dudar. Susurraba frases que me robaban el aliento, me rodeaba con un sudor frío que me estremecía, perturbaba mi mente con su presencia; mas decidí seguir adelante.
Cuando estaba cerca del final se aferró a mí con  una desesperación que me inquietó y reforzó mis dudas sobre el recorrido.
Me lanzó al suelo, caí derrotada y no podía dar ni un paso sin sentir la angustia recorrerme con frialdad.
Me armé con pensamientos positivos, pero ella era fuerte y luchaba por desvanecerlos. Sabía que no sería fácil y forcejeé con ella.
Grité con todo mi ser, fue un grito liberador, grité al recordar todos mis momentos de duda, todos aquellos instantes en los que ella había triunfado y me había hecho fracasar.
Extendí mis brazos para emanciparme y me levanté con un brío que ella no esperaba. Era la primera vez que yo actuaba así. Estaba desconcertada.
Grité nuevamente y mi mirada reflejaba fulgor y esperanza. En ese preciso segundo, ella se redujo. Se debilitó, cayó en el suelo y comenzó a convulsionar. El susto quiso invadirme nuevamente, pero no lo dejé.
Me paré frente a ella y sonreí satisfecha. Ella cada vez se reducía más y más.
Decidí darle la espalda y finalizar mi recorrido. A medida que me alejaba escuchaba sus gemidos desesperados y más me fortalecía. Cuando llegué al final del camino pude divisar una recompensa que no esperaba. Era grande. Y era mía.
Sí, yo la maté. Yo maté a la Cobardía. La dejé en el sendero y solo así pude llegar a la meta. Sé que a veces quiere resucitar, pero mi Valentía se lo impide. Está muerta. Sí. Yo acabé con su execrable presencia.

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