Los últimos rayos del sol golpean con fuerza a este histórico lugar guayaquileño. Los ojos de Mauricio Calderón se arrugan por la presencia del astro que evidencia su vigor, a pesar de encontrarse a pocos minutos del ocaso. Desde lo alto del Cerro Santa Ana los recuerdos de los antepasados regresan a su mente ante mi pregunta sobre cuánto tiempo ha vivido aquí. Suspira y menciona que sus 52 años de vida los ha pasado en el cerro. “Cien por ciento guayaco”, agrega sonriendo. Y es que su abuelo, el marino Vicente Malavé, fue guardián de El Fortín, localizado en la punta del cerro, a principios de 1900. En aquel lugar se defendió a la ciudad de los constantes ataques piratas de los que fue víctima, siglos atrás; y ahora, en este sábado 17 de octubre del 2008, Calderón y yo conversamos amenamente ahí, donde se encuentran también una capilla y un faro.
Desde allí observamos a varios turistas que contemplan a la Perla del Pacífico, con las cámaras guindando del cuello y sus miradas de asombro que revelan su condición de foráneos. Unos escalones más abajo, Joanne Cliff, de 55 años, agarra inmediatamente su cámara cuando advierte una cruz que indica que Guayaquil fue fundada allí en 1547. El destello del flash congela aquella imagen. “Muy bonito” destaca con su marcado acento anglosajón, mientras continúa subiendo los 444 peldaños que la llevarán a la cima, pasando en el trayecto por tiendas de artesanías, bares, restaurantes y galerías.
A medida que se aproxima a la meta, Guayaquil se entrega a su observador y cuando éste arriba al faro, construido en el 2002, obtiene una visión de 360 grados de la capital económica del Ecuador. La isla Santay, Durán, el cerro del Carmen, las aguas del imponente río Guayas y las miles de casas y edificios que se alzan en la metrópoli se pueden apreciar con facilidad desde ese sitio. Los flashes aparecen nuevamente. Cliff quiere congelarlo todo. Así también, Calderón hubiera querido congelar en el tiempo algunos aspectos del Guayaquil antiguo, que ahora solo permanecen como recuerdos.
Uno de esos aspectos es el económico. “Con un sucre podías hacer maravillas. Yo fui guardián de seguridad, albañil, comerciante… hice de todo y les di buena leche a mis siete hijos. En cambio, desde la dolarización no alcanza para nada, todo está caro”, indica al observar a Ángel, su hijo, que vende fotografías de Guayaquil antes y después de los procesos de regeneración del Municipio, en el escalón 400. “La venta no le produce lo suficiente. A veces $7 diarios. Con eso él no puede hacer mucho para mantener a sus tres hijos”, agrega.
Por los años 70 se dirigía al malecón a pescar y ésa era otra fuente de ingreso económico que ya no es permitida. Asimismo extraña la tranquilidad de una urbe que no tenía problemas de tráfico y en la que no se presentaban casos de secuestro y sicariato con la frecuencia de ahora.
Pero no todo es negativo. El cerro ya no tiene aquel aspecto deteriorado y de abandono que complementaba muy bien su fama de peligroso e inseguro. Calderón reconoce que la inseguridad era muy grave y que por eso los taxistas rara vez aceptaban carreras hacia ese lugar. Jamás se hubiera imaginado que estarían los turistas caminando ahí con tanta tranquilidad como lo hacen hoy.
“Aquí si se subía no se bajaba. Mataban a las personas y luego las dejaban botadas por donde ahora es el faro. Con la regeneración se volvió un sitio seguro que atrae al turismo” indica Jorge Pino, guardián del sector. Para él, Guayaquil se embelleció desde el 2000 gracias a las obras del Municipio, transformándose en un destino turístico. “Así como cambió el cerro, cambió la ciudad. Antes era fea; ahora es linda” sostiene evidentemente orgulloso de aquella transformación.
Y ese cambio se lo puede apreciar en una valla gigante, ubicada entre el faro y la capilla. La imagen a blanco y negro de la ciudad en 1880 contrasta con el fondo de una Guayaquil viva, actual, con luces que se encienden y titilan a lo lejos. No hay edificios ni colores en aquella imagen, solo varios barcos en el agua, un malecón abandonado, casas e iglesias; ahora, casi no se ven embarcaciones deslizándose en el río, hay cientos de locales en el malecón, los edificios del centro se levantan impetuosos y debido a su acelerado crecimiento, con casi tres millones de habitantes, se torna difícil poder divisar el horizonte.
Con la caída de la noche, el viento cada vez más frío agita mi cabello, mientras Calderón se despide para dirigirse a su hogar a cuidar de sus nietos. Lo observo alejarse, hasta perderse entre las decenas de visitantes. Yo permanezco allí, mirando a la ciudad donde nací, viendo en aquella valla al Guayaquil que no conocí y que no conoceré jamás. El de los pasillos, el del cacao, el de las serenatas… Yo conozco al moderno, cosmopolita, de vida nocturna, que baila reggaetón y que tiene múltiples sitios turísticos para recorrer.
Definitivamente la ciudad de hoy no es igual a la de ayer, porque el tiempo transcurre y todo transforma. Ahora luces, luces y más luces reemplazan a los rayos del sol que ya se ocultó, mientras que la imagen de la valla continúa igual: paralizada, inmortalizada, congelada en un tiempo que no volverá…

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