Con el uniforme y la mochila al hombro podría mimetizarse entre el alumnado, pero sus casi dos metros de alto lo hacen destacar. “Mi estatura y mi piel negra inspiran temor a veces”, confiesa entre risas mientras se aparta de la multitud para ir a su casa, localizada a tan solo unas cuadras de su centro de estudios.
Camina presurosamente. No tiene mucho tiempo para almorzar, porque el primer trabajo del día lo espera: lavar carros. Su madre Alexandra lo recibe con la comida lista. Nery besa su frente y mientras su progenitora coloca el plato en la pequeña mesa de plástico, él corre a buscar su guitarra para relajarse un rato. En el futuro se visualiza como un cantante reconocido, con una buena esposa y una casa.
Comienza a cantar en la sala aquella melodía que dedicó a su madre en un acto del colegio.“Y en este mundo solo hay una madre… en este mundo solo hay un ángel”, expresa en su canción. Alexandra sonríe y recuerda la primera vez que la escuchó. “Me hizo lloriquear”, agrega.
La relación entre los dos revela amor y respeto, pero no siempre fue así. Apenas un año atrás las discusiones eran constantes y Alexandra se desesperaba porque sentía que se le “escapaba de las manos”. La integración a la pandilla Ñeta había transformado a su hijo. Nery comenzó a participar en actividades delictivas de las que ahora se arrepiente, las calificaciones en su colegio empeoraron y el dinero que conseguía lo utilizaba principalmente para comprar armas.
Ahora, ocupa sus ingresos para adquirir perfumes, desodorantes, y lo que le alcance con lo poco que gana. En esa época obtenía bastante dinero, pero “eso no es garantía de felicidad... vivir con el temor de que alguien te mate, no es vivir”, reflexiona.
De lunes a domingo tiene dos trabajos: lavar carros de tarde y cuidar un negocio de máquinas de juegos de noche. Los sábados también da clases de guitarra a 100 jóvenes en una iglesia cercana. Y ahora quiere incursionar en un proyecto para llevar comida a los pueblos los fines de semana.
Sin embargo, el estudio es primordial para él. Se levanta a las 5h00 para hacer deberes y leer. Los miércoles pide permiso en su trabajo para aprender inglés en Pacific School, en el sur de la ciudad, donde tiene media beca por su situación económica, y destaca que su principal objetivo es graduarse del colegio para tener más opciones laborales.
Continúa rasgando las cuerdas de la guitarra café que le regaló su padre varios años atrás cuando le enseñó las notas musicales. Una canción cristiana salta a su mente y empieza a entonar letras dirigidas a Jesús, a quien le agradece el haberse alejado de la "mala vida".
Su hermano menor, Pierre, de 11 años, aparece en la sala cantando en voz baja. Conoce de memoria todas las líricas que Nery compone. Son cinco hermanos, y el cantautor es el mayor, el ejemplo a seguir, como destaca su madre. Luego de unos minutos abandona la guitarra sobre una silla de madera y empieza a comer. Son las 14h30. No tiene tiempo para descansar. Reemplaza el uniforme por una cómoda camiseta sin mangas y parte de su casa.
No hay muchas personas en los exteriores. Ingresa por un callejón y arriba a un parque conocido como La Mano Roja. En ese sitio se reunía con sus amigos Ñeta en el 2009, pero poco después de que se retiró de la pandilla, los líderes fueron asesinados y la presencia de mafiosos alejó a los pandilleros del sector.
Una neumonía que casi llevó a Nery a la muerte, los ruegos de su madre para que dejara esa vida y la lucha de su padre para que asistiera a la iglesia, fueron los principales motivos que le dieron la fuerza para abandonar las drogas, alcohol, robos y todo lo relacionado al bajo mundo.
Su pantalón de tela, los zapatos de suela, el cabello corto y peinado, contrastan con su semblante de hace un año. Grandes cadenas en el cuello, pantalones anchos, trencitas en la cabeza y una pistola bajo la camiseta formaban parte de su anterior apariencia. Jamás se hubiera imaginado predicando y cantándole a Dios. Pero así ocurrió.
Llega rápidamente a la avenida Domingo Comín, donde empieza el trabajo. Entra a una pequeña casa que funciona como negocio de limpieza de carros. Se despoja de la camiseta y con el torso desnudo agarra unos baldes para limpiar un skoda blanco que lo espera en la calle.
Cuando trabaja se transforma. Las risas y la espontaneidad que lo caracterizan son reemplazadas por un aspecto de concentración y seriedad. Gana alrededor de $0.50 por cada carro que lava, pero a él no le importa la cantidad. Su principal motivación es sentir que está saliendo adelante por sí mismo y convertirse en un verdadero ejemplo de superación para sus hermanos.
La tarde va cayendo y el joven retorna a su casa para merendar. No muestra cansancio. Su sonrisa reaparece en su rostro, llama a su enamorada, y cuando llega a su vivienda se apresura para comer. Una hora después se dirige de nuevo al mismo sitio donde lava carros, pero esta vez regulará el uso de las máquinas de juegos que también funcionan allí.
Con las luces de los postes acompañándolo durante el trayecto, vuelve a pasar por el parque, cruza la avenida, llega a esa pequeña casa y se dispone a vigilar a quienes juegan. Y así pasa el tiempo, entre un trabajo y otro; estudio, familia y su pasión, la música. Ahora sí, la jornada del adolescente está por concluir, pero en tan solo siete horas volverá a ejecutar aquella rutina que ha transformado su vida...
Sin embargo, el estudio es primordial para él. Se levanta a las 5h00 para hacer deberes y leer. Los miércoles pide permiso en su trabajo para aprender inglés en Pacific School, en el sur de la ciudad, donde tiene media beca por su situación económica, y destaca que su principal objetivo es graduarse del colegio para tener más opciones laborales.
Continúa rasgando las cuerdas de la guitarra café que le regaló su padre varios años atrás cuando le enseñó las notas musicales. Una canción cristiana salta a su mente y empieza a entonar letras dirigidas a Jesús, a quien le agradece el haberse alejado de la "mala vida".
Su hermano menor, Pierre, de 11 años, aparece en la sala cantando en voz baja. Conoce de memoria todas las líricas que Nery compone. Son cinco hermanos, y el cantautor es el mayor, el ejemplo a seguir, como destaca su madre. Luego de unos minutos abandona la guitarra sobre una silla de madera y empieza a comer. Son las 14h30. No tiene tiempo para descansar. Reemplaza el uniforme por una cómoda camiseta sin mangas y parte de su casa.
No hay muchas personas en los exteriores. Ingresa por un callejón y arriba a un parque conocido como La Mano Roja. En ese sitio se reunía con sus amigos Ñeta en el 2009, pero poco después de que se retiró de la pandilla, los líderes fueron asesinados y la presencia de mafiosos alejó a los pandilleros del sector.
Una neumonía que casi llevó a Nery a la muerte, los ruegos de su madre para que dejara esa vida y la lucha de su padre para que asistiera a la iglesia, fueron los principales motivos que le dieron la fuerza para abandonar las drogas, alcohol, robos y todo lo relacionado al bajo mundo.
Su pantalón de tela, los zapatos de suela, el cabello corto y peinado, contrastan con su semblante de hace un año. Grandes cadenas en el cuello, pantalones anchos, trencitas en la cabeza y una pistola bajo la camiseta formaban parte de su anterior apariencia. Jamás se hubiera imaginado predicando y cantándole a Dios. Pero así ocurrió.
Llega rápidamente a la avenida Domingo Comín, donde empieza el trabajo. Entra a una pequeña casa que funciona como negocio de limpieza de carros. Se despoja de la camiseta y con el torso desnudo agarra unos baldes para limpiar un skoda blanco que lo espera en la calle.
Cuando trabaja se transforma. Las risas y la espontaneidad que lo caracterizan son reemplazadas por un aspecto de concentración y seriedad. Gana alrededor de $0.50 por cada carro que lava, pero a él no le importa la cantidad. Su principal motivación es sentir que está saliendo adelante por sí mismo y convertirse en un verdadero ejemplo de superación para sus hermanos.
La tarde va cayendo y el joven retorna a su casa para merendar. No muestra cansancio. Su sonrisa reaparece en su rostro, llama a su enamorada, y cuando llega a su vivienda se apresura para comer. Una hora después se dirige de nuevo al mismo sitio donde lava carros, pero esta vez regulará el uso de las máquinas de juegos que también funcionan allí.
Con las luces de los postes acompañándolo durante el trayecto, vuelve a pasar por el parque, cruza la avenida, llega a esa pequeña casa y se dispone a vigilar a quienes juegan. Y así pasa el tiempo, entre un trabajo y otro; estudio, familia y su pasión, la música. Ahora sí, la jornada del adolescente está por concluir, pero en tan solo siete horas volverá a ejecutar aquella rutina que ha transformado su vida...
