Los berrinches característicos del impulso casi infantil que suelen dominar en ocasiones a los seres humanos, he tenido que dominarlos para demostrar mi "madurez" y mi crecimiento con respecto a la manera de enfrentar la vida. He aprendido a callar mis problemas, a sonreír cuando lo único que quiero es huir y no ver a nadie, a armarme con una coraza que pretende ser mi protección para evitar ser lastimada y herida. He aprendido a llorar en silencio para que las otras personas no se enteren de mis problemas. Ya tengo suficiente con los míos como para tener que tolerar juicios y sentencias de otros que ni siquiera pueden experimentar la magnitud de los hechos que me agobian.
Los años pasaron desde mi infancia y tuve que aprender que en este mundo, o quizás solo en esta ciudad, no se puede ser una persona demasiado tolerante, porque el ser humano tiende a abusar de la paciencia y tranquilidad de otros. He aprendido que cuando alguien quiere humillarme de mí depende que lo consiga o no. He aprendido a callar cuando lo único que quiero es gritar. Sí, los años traen enseñanzas que nos impulsan a mejorar. Así dicen. Pero en realidad no me arriesgo a aseverar que ésa constituya una norma general.
Recuerdo cuando me caía de niña y lloraba, mientras varias manos se prestaban a levantarme. En el proceso de "crecer" he aprendido que caerse es sinónimo de risa y que las lágrimas de dolor deben ser reemplazadas por una apariencia inmutable que muestre serenidad, con el único objetivo de reflejar manejo y control de las emociones como si se tratara de entes robotizados incapaces de sentir (madurez?). Aprendí a levantarme con la cara al frente sin mostrar vergüenza y ningún gesto de sufrimiento para continuar mi recorrido, tratando de superar la vulnerabilidad del ser caído que es objeto de mofa.
Y aunque ya crecí y casi no voy a los circos comprendo ahora de una manera más vivencial la situación de los payasos que deben sonreír aunque por dentro quieran llorar. En este mundo, al parecer, triunfa aquel que esconde de manera más efectiva sus sentimientos para conseguir tener el control de su vida y, por qué no, de la de los demás. Todo esto ha involucrado mi proceso de crecimiento. Sin embargo, todavía persiste en mi mente la interrogante: Quién puede ser feliz?
Así es la dramática realidad de los espejos.
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