La noche oculta un velo de misterio. El termómetro marca menos grados, y en contraste su cuerpo eleva su temperatura. Se aferra con fuerza a la sábana y un grito es ahogado con la almohada. Tiembla y los latidos de su corazón se aceleran cada vez más. Sus ojos se arrugan ante las sensaciones que la invaden y una mano en su pecho la hace estremecer.
A la mañana siguiente, nada ha pasado. Amanece en su cama en un charco de sudor, pero todo sigue igual. Sin embargo, algo se ha perdido. El día transcurre con su monotonía característica y su mente se nubla ante el pasado reciente. Los recuerdos se han desvanecido como antiguas fotografías que perdieron su color.
Y así la luna aparece nuevamente. Impetuosa. Solitaria. Observándolo todo, sin poder hacer nada. El aire se torna frío, pero en esa cama de nuevo el fuego se enciende. Los estremecimientos reaparecen y un vaivén de mar salvaje se apodera del acolchonado sitio. Ha empezado un ciclo que se repite cuando el sol se oculta, quedando presente la feminidad de la luna.
Varios meses después, el colchón ha mutado su forma, la resistencia dejó de existir, el pasado ha perdido su nombre y aquella joven percibe cómo se ha pervertido su historia. Fue despojada de su cuerpo por un extraño al que tuvo que acoger como si fuera su padre. Y ahora es expulsada de su hogar por ser una pecadora y el responsable aparece triunfante.
Deambula por las calles con mirada perdida. Aprieta los labios al recordar las noches de aquel sucio vaivén que acabó con su vida. Fue temerosa y eso aniquiló su paz. El tiempo ha pasado y su existencia es solitaria, como aquella luna que solía ser impetuosa pero que el dolor convirtió en una pálida dama que ya no puede brindar calor... El frío y la melancolía anidaron para siempre en su corazón.
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