Por los estampados en la blusa imagino que su portadora era una persona joven. Inmediatamente la tristeza me invade al recordar que estoy frente a la puerta de la morgue de la Policía Nacional y que aquella mujer debe estar muerta.
¿Qué le habrá pasado? ¿De qué habrá muerto? Estas preguntas seguramente el médico forense también está intentando descifrar, mientras examina el cuerpo de la joven que hasta hace unas cuantas horas estaba viva, era parte de este mundo y en este momento es tan solo un cadáver que alguien llorará, quizás.
Es inevitable reflexionar en instantes como éste sobre el nexo inquebrantable que mantenemos con la muerte Cierro los ojos para dejar de observar a la camilla. Mi audición se agudiza por la ausencia de uno de mis sentidos y pongo atención a todos los sonidos que se suscitan a mi alrededor: Una señora exclama “encebollado, encebollado” desde un comedor cercano, un hombre vende camisetas en la esquina, los carros pitan en la calle y escucho la canción “locos de amor” que se reproduce desde alguna casa.
El mundo grita a mi alrededor, mientras me invade el silencio de la muerte. Mis pensamientos me obligan a callar. Llevo dos horas esperando ingresar a la morgue, pero la “bendita” burocracia me impide el acceso. El doctor Montenegro, un hombre pequeño de abultado estómago, me repite que necesito una autorización para ingresar. Respiro profundo y cruzo la calle evitando observar su figura.
De repente, me tropiezo con un grupo de personas que cargan un ataúd. Lo ingresan a la Funeraria Olivares, ubicada justo al frente de la morgue. Ocho hombres se amontonan en la entrada del pequeño sitio. Algunos están llorosos, otros muestran un semblante austero. Ninguno conversa. Intercambian palabras en ocasiones, pero el silencio siempre surge como el símbolo de la pena que están sintiendo, o quizás se constituye en aquel compañero de la muerte, intentando brindar consuelo cuando llega el momento de la partida.
“Yo también soy travieso” alcanzo a leer en la camiseta blanca de un joven de unos 25 años. La picardía que denota aquella frase se opone a la tristeza de su rostro. Por su vestimenta podría deducirse que no estaba preparado para vivir una situación de esa naturaleza. Coloca su mano izquierda en la pared y observa a una mujer de aproximadamente 40 años que yace amarilla en el interior del ataúd. Es el ser querido que acaba de perder.
El incesante tráfico de la calle intenta perturbar el silencio sepulcral del momento. Varios vendedores transitan por el sitio. Todo está vivo, menos aquella persona que está recibiendo una dosis de formol. Su fluido vital es reemplazado por esa sustancia letal de penetrante olor. Así de efímera es la vida.
Treinta minutos después, los hombres parten en una camioneta junto al féretro café. En la funeraria solo permanece un señor con guantes de látex que se apresura a limpiar los recipientes que utilizó y se sienta a esperar… a esperar, a esperar en medio de ataúdes a la próxima víctima que la muerte le entregue para mantener su negocio.
Unos lloran y otros obtienen beneficios de ese sufrimiento. Así está diseñado este mundo, en el que los polos balancean nuestras vidas constantemente, obligándonos a fluctuar entre lo bueno y lo malo, la alegría y el dolor, la muerte, el silencio, la tristeza, la angustia y el temor.
Retorno a la morgue para confirmar que mi ingreso es prácticamente misión imposible. Entonces parto a las salas de velaciones de la Junta de Beneficencia, para reproducir el recorrido de un cadáver. Al llegar a aquel sitio me sorprenden los contrastes: Unos lloran y otros parecen encontrarse en una reunión, conversando sobre la familia y hasta riéndose. Demasiado superfluo el ambiente para permanecer allí mucho tiempo.
Decido caminar hacia el sitio donde van los muertos, donde también van los vivos: El cementerio. En medio de varias transitadas avenidas se encuentra el Cementerio General. A pesar del bullicio que lo circunda, allí el silencio se percibe desde el ingreso. Los pitos, gritos y demás no se sienten en este sector.
Grandes estructuras blancas con miles de tumbas en su interior se alzan majestuosas y las observo con temor, con el temor de imaginarme allí, en una bóveda, encerrada para siempre. Camino con lentitud y un señor me pregunta si necesito una escalera para dejar unas flores. La muerte es su vida, la que le da el pan cada día.
Respondo negativamente y aprovecho que me encuentro en este lugar para buscar la tumba de mi abuela. Hace cuatro años partió y desde aquel 26 de junio no volví a observar su blanca lápida. Ahora intento hallarla entre cientos de nombres que para mí no son más que eso, nombres, pero que para otras personas deben haber sido toda su vida o al menos una parte importante de ella.
Mientras camino, se alzan frente a mí majestuosas estatuas que buscan embellecer este solitario y melancólico paraje. Ángeles que extienden sus alas con rostros amenos, pretendiendo brindar un consuelo a la muerte. Para mí son solo figuras que las construyen aquellos que tienen el dinero para hacerlo.
En la parte de atrás, lejos del cemento y la belleza de las esculturas, se encuentran las tumbas de los pobres. Las que tienen las cruces torcidas, los nombres borrosos y la tierra las cobija. “Por allá es peligroso”, menciona una señora. Al parecer la inseguridad también les está reservada en la muerte.
Luego de una hora, declaro por terminada mi infructuosa búsqueda. No encontré la tumba de mi abuela. Regreso al bullicio de la ciudad. Observo las blancas paredes de ese lugar que se imponen como las murallas que separan a la vida de la muerte. Me pregunto cuánto tiempo pasará para que regrese. Un frío recorre mi cuerpo y prefiero evitar este agobiante silencio que me induce a meditar sobre el estado definitivo que nos arrebata la vida.
Tarareo una canción e ingreso a un bus para retornar a mi casa. Al llegar, me acuesto en mi cama. Hoy tengo 24 horas menos de vida que ayer. ¿Cuándo llegará el día en que mi línea finita me lleve a un incierto destino? El temor ya no me invade ante este nuevo pensamiento. Estoy en este mundo fútil y vano de fugaces momentos gratificantes que intentan traer confort a nuestra mortal existencia… Sonrío. Es la manera más efectiva de demostrarle a la muerte que todavía no me arrebata los sentidos. Aún puedo hacerlo. Sigo viva.
