viernes, 26 de marzo de 2010
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jueves, 11 de marzo de 2010
Río citadino
miércoles, 10 de marzo de 2010
Las calles

lunes, 8 de marzo de 2010
Historias anónimas

¡Sucia!
Pies desnudos en el pedregoso pavimento. Una pequeña camiseta vieja. Un pantalón roto. Las manos sucias. La cara sucia. La vida sucia.
¡Sucia!, le gritó su madre cuando vio a su padrastro encima de ella. ¡Sucia!, le decía el padrastro mientras la poseía. ¡Sucia! Se sentía en su cuarto en los lapsos de soledad. ¡Sucia! Su vida era una suciedad, un despojo de la humanidad…
Sus grandes ojos con los que solía observarlo todo con ingenuidad desde niña se transformaron en dos destellos de lava que aniquilan a quien observan. Alguna vez creyó en el amor, en los hombres, en las mujeres, en la vida… Pero todo le fue arrebatado a punta de mordiscones en su pecho, de ropa arrancada a la fuerza, de una vida destruida en un orgasmo ajeno, y así, todo lo que alguna vez soñó se convirtió en el orgasmo de alguien más.
Desde que nació su madre siempre reclamaba su existencia. ¡Si no fuera por ti, estaría mucho mejor!
Sentía que era un malestar en la vida de su madre y un orgasmo en la vida de su padrastro. Y para ella… era sucia. Sucia porque su madre la tiró a la calle como un despojo que ya se usó y no sirve más, sucia porque su padrastro violentaba su pureza y sucia porque en esta sociedad todo aquello que no cumple un rol es un desperdicio, una suciedad más.
Sin dinero. Sin futuro. Sin un rumbo. Sin edad. Sin nombre. No era nadie. Era solamente un ser que deambulaba descalzo por las calles, que no tenía a quien recurrir, que no tenía nada que hacer…
Una mujer la encontró y divisó en su cuerpo una mina de oro. Le ofreció protección.
Por comida, por vivienda continuó en la suciedad. Su fuente de trabajo ahora se encontraba en medio de sus piernas. Ya no era solo el orgasmo de su padrastro; ahora, el de muchos más.
No hablaba con nadie porque no lo necesitaba. Su corazón era una piedra que constantemente era arrojada a un acantilado. Ya no sentía dolor.
La mujer le calculaba unos 15 años de edad. Nunca lo supo con exactitud porque ella casi nunca habló. Sin nombre. Sin edad. Sin un rumbo.
Pero llegó el día en el que se cansó de las decepciones del mundo y divisó en un puente su única salida.
Se acercó, colocó sus manos sobre la baranda y se paró encima del borde.
Se deslizó. Mientras caía, por primera vez volvió a sentir algo… Libertad. Y tenía un rumbo, la muerte.
Cayó barranco abajo ensuciándose con las piedras a su paso. Barro y sangre se mezclaban en su camino. ¡SUCIA! Murió. Como toda su existencia, su muerte también fue sucia, fiel reflejo de la sociedad en la que habitó.
Él es así
Su prepotencia y arrogancia lo han convertido en un ser que no se puede soportar, una persona imposible de observar sin sentir algún sentimiento negativo. Al menos así ocurre conmigo. Una sonrisa en su rostro pretende darle otro matiz a los comentarios ácidos que emite. Quiere demostrar ser mejor que todos, pero es precisamente ahí que evidencia su inferioridad.
Nos encontramos frente a un hombre lleno de complejos que busca esconder a través del ataque y minimización de las otras personas. Frente a los demás es un individuo majestuoso… En su soledad lo imagino atemorizado y rodeado de fantasmas que lo convulsionan sin piedad.
De todas formas, a la luz del día, retoma aquella posición de ataque y crítica a los otros para evitar tener que defenderse con argumentos y bases sólidas que desmientan los hechos de los que se le acusa.
Es un imitador. Le quedaría mejor el papel de mimo que aquel importante cargo que ostenta.
Si los personajes a los que admira caen, él seguramente caerá junto a ellos como un parásito que depende de otros para poder subsistir. Una forma de simbiosis que lo aniquilará.
Pero hoy está ahí. Fuerte, arrogante y soberbio… Atacando a los que no se encuentran en igualdad de condiciones para defenderse, pisoteando a las mujeres, sonriendo mientras coarta las principales libertades de los seres humanos, regocijándose del silencio de una nación que se mantiene impávida ante su inminente destrucción como quien observa un objeto que caerá sobre su cabeza y no hace nada para evitarlo.
Nuestro sino está marcado por nuestras indecisiones, por nuestra “tolerancia”, por un ser despreciable que pretende convertirse en una guía, por la ignorancia de los que pueden actuar, por la estupidez de la gente que aún mantiene aquella maldita venda en sus ojos… Es hora de despertar. ¡Vuelve a tu realidad! Abre los ojos y descubre que alrededor tuyo habrá destrucción y miseria si no actúas ya. Levántate y demuéstrale que la grandeza no es física, sino mental. Su tiempo vendrá, estoy segura. Caerá como una torre de naipes, se desplomará y su poder perderá. Espero que cuando eso ocurra todavía tengamos soluciones para todos los problemas que nos trajo. Esperemos amigos, esperemos. Si no queremos actuar, solo nos toca esperar…
En el 2009
Las sombras de los recuerdos me solían atormentar como fantasmas que penan en busca de descanso. En mis momentos de soledad siempre aparecía el suspiro que formaba un conjunto perfecto con la mirada extraviada en un mar de pensamientos. Los ojos vidriosos y la incertidumbre eran una constante. Mas el tiempo transcurrió. Las manecillas del reloj continuaron girando y así como su recorrido me alejaba cada vez más de lo que pudo ser, también me aproximaba a un destino más tranquilo y reconfortante.
La tristeza que había querido anidar en el rincón más oscuro y solitario de mi alma, tuvo que buscar otro lugar en el cual habitar, muy lejos de mí. El temor por recordar y la necesidad de buscar culpables desaparecieron por completo.
Camino un sendero iluminado por el amor de mis seres más queridos, y rodeado por frondosos árboles de sentimientos y experiencias que me protegen de los peligros que puedan aparecer.
Finalmente la oscuridad que me quiso invadir fue exterminada por una luz radiante que me recordó todo lo maravilloso que tengo. Observar el sol todos los días no produce la misma sensación que cuando se lo observa luego de una tormenta. El cielo despejado, las nubes blanquísimas, el celeste perfecto que las cobija, un escenario maravilloso que reina actualmente en mi vida. Y lo valoro más. Mucho más.
Vendaval
La fuerza de la gravedad y la furia del vendaval arrastran sin piedad las escasas hojas que se resisten a ser arrancadas de la vida. Caen una tras otra al suelo y el chasquido se asemeja a una película de terror, en la que la única presencia es la de las hojas sacudidas por el viento. Un silbido agudo acompaña la escena. El cielo se torna cada vez más gris y la temperatura disminuye a una velocidad abrupta. Ahí está ella. En medio de aquel tétrico escenario, con el corazón en la garganta, con los sentidos en alerta y con las pupilas dilatadas en señal de pánico.
Corre sin saber a dónde. Avanza entre los desnudos árboles, sintiendo que aquel silbido la persigue, la acosa, la acecha, la domina… De repente miles de sonidos más casi desquician su mente. Insectos, árboles, pisadas y chasquidos aumentan su nivel de alerta.
Corre porque siente que debe hacerlo. No tiene un rumbo. En aquel oscuro sendero no hay final, no hay salida, no hay escapatoria. Cae al suelo dejándose vencer, se coloca en posición fetal resignándose a su destino, esperando volver de esa forma a nacer, una manera de cerrar el círculo de la misma manera… pero ahora al revés. Esta vez no nacerá.
Una hoz aparece flotando sobre ella y de repente cae a su lado. Una voz retunda en el espacio. “Nunca dejes de luchar. En el momento que te rindes, pierdes. Levántate y sigue adelante que las tormentas en la vida no duran para siempre. Has recibido una segunda oportunidad para hacer las cosas bien. Despierta. Despierta. Despierta”.
Una luz cegadora le impide seguir observando. Un temblor súbito invade su cuerpo. Cada vez tiembla con más intensidad, más y más. Siente que empieza a caer, a ser arrastrada como aquellas hojas. Recuerda la voz. Así como las hojas debe luchar por no ser arrancada.
El recuerdo de su vida pasa por su mente. Momentos felices, tristes, una miscelánea de episodios que creyó olvidados.
La caída se detiene. No hay más sonido. Silencio. Oscuridad. Silencio. Silencio.
Una mano agarra la suya. No siente miedo. Abre los ojos, aunque creyó haberlos tenido abiertos antes. Sus padres están junto a ella, su novio también. Todos sonríen y las lágrimas se deslizan por sus rostros.
No comprende al principio, después sí. Observa sus brazos hasta que puede notar aquellas vendas alrededor de sus muñecas. Una segunda oportunidad. Sonríe y llora con aquella intensidad de haber vuelto a nacer.
Desde entonces jamás olvidó que nunca hay problema sin solución, que no hay tormenta que dure para siempre, que no hay dolor inaguantable y que no hay nada más grande que el amor de Dios.