lunes, 8 de marzo de 2010

¡Sucia!

Pies desnudos en el pedregoso pavimento. Una pequeña camiseta vieja. Un pantalón roto. Las manos sucias. La cara sucia. La vida sucia.

¡Sucia!, le gritó su madre cuando vio a su padrastro encima de ella. ¡Sucia!, le decía el padrastro mientras la poseía. ¡Sucia! Se sentía en su cuarto en los lapsos de soledad. ¡Sucia! Su vida era una suciedad, un despojo de la humanidad…

Sus grandes ojos con los que solía observarlo todo con ingenuidad desde niña se transformaron en dos destellos de lava que aniquilan a quien observan. Alguna vez creyó en el amor, en los hombres, en las mujeres, en la vida… Pero todo le fue arrebatado a punta de mordiscones en su pecho, de ropa arrancada a la fuerza, de una vida destruida en un orgasmo ajeno, y así, todo lo que alguna vez soñó se convirtió en el orgasmo de alguien más.

Desde que nació su madre siempre reclamaba su existencia. ¡Si no fuera por ti, estaría mucho mejor!

Sentía que era un malestar en la vida de su madre y un orgasmo en la vida de su padrastro. Y para ella… era sucia. Sucia porque su madre la tiró a la calle como un despojo que ya se usó y no sirve más, sucia porque su padrastro violentaba su pureza y sucia porque en esta sociedad todo aquello que no cumple un rol es un desperdicio, una suciedad más.

Sin dinero. Sin futuro. Sin un rumbo. Sin edad. Sin nombre. No era nadie. Era solamente un ser que deambulaba descalzo por las calles, que no tenía a quien recurrir, que no tenía nada que hacer…

Una mujer la encontró y divisó en su cuerpo una mina de oro. Le ofreció protección.

Por comida, por vivienda continuó en la suciedad. Su fuente de trabajo ahora se encontraba en medio de sus piernas. Ya no era solo el orgasmo de su padrastro; ahora, el de muchos más.

No hablaba con nadie porque no lo necesitaba. Su corazón era una piedra que constantemente era arrojada a un acantilado. Ya no sentía dolor.

La mujer le calculaba unos 15 años de edad. Nunca lo supo con exactitud porque ella casi nunca habló. Sin nombre. Sin edad. Sin un rumbo.

Pero llegó el día en el que se cansó de las decepciones del mundo y divisó en un puente su única salida.

Se acercó, colocó sus manos sobre la baranda y se paró encima del borde.

Se deslizó. Mientras caía, por primera vez volvió a sentir algo… Libertad. Y tenía un rumbo, la muerte.

Cayó barranco abajo ensuciándose con las piedras a su paso. Barro y sangre se mezclaban en su camino. ¡SUCIA! Murió. Como toda su existencia, su muerte también fue sucia, fiel reflejo de la sociedad en la que habitó.

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