lunes, 8 de marzo de 2010

Vendaval

La fuerza de la gravedad y la furia del vendaval arrastran sin piedad las escasas hojas que se resisten a ser arrancadas de la vida. Caen una tras otra al suelo y el chasquido se asemeja a una película de terror, en la que la única presencia es la de las hojas sacudidas por el viento. Un silbido agudo acompaña la escena. El cielo se torna cada vez más gris y la temperatura disminuye a una velocidad abrupta. Ahí está ella. En medio de aquel tétrico escenario, con el corazón en la garganta, con los sentidos en alerta y con las pupilas dilatadas en señal de pánico.

Corre sin saber a dónde. Avanza entre los desnudos árboles, sintiendo que aquel silbido la persigue, la acosa, la acecha, la domina… De repente miles de sonidos más casi desquician su mente. Insectos, árboles, pisadas y chasquidos aumentan su nivel de alerta.

Corre porque siente que debe hacerlo. No tiene un rumbo. En aquel oscuro sendero no hay final, no hay salida, no hay escapatoria. Cae al suelo dejándose vencer, se coloca en posición fetal resignándose a su destino, esperando volver de esa forma a nacer, una manera de cerrar el círculo de la misma manera… pero ahora al revés. Esta vez no nacerá.

Una hoz aparece flotando sobre ella y de repente cae a su lado. Una voz retunda en el espacio. “Nunca dejes de luchar. En el momento que te rindes, pierdes. Levántate y sigue adelante que las tormentas en la vida no duran para siempre. Has recibido una segunda oportunidad para hacer las cosas bien. Despierta. Despierta. Despierta”.

Una luz cegadora le impide seguir observando. Un temblor súbito invade su cuerpo. Cada vez tiembla con más intensidad, más y más. Siente que empieza a caer, a ser arrastrada como aquellas hojas. Recuerda la voz. Así como las hojas debe luchar por no ser arrancada.

El recuerdo de su vida pasa por su mente. Momentos felices, tristes, una miscelánea de episodios que creyó olvidados.

La caída se detiene. No hay más sonido. Silencio. Oscuridad. Silencio. Silencio.

Una mano agarra la suya. No siente miedo. Abre los ojos, aunque creyó haberlos tenido abiertos antes. Sus padres están junto a ella, su novio también. Todos sonríen y las lágrimas se deslizan por sus rostros.

No comprende al principio, después sí. Observa sus brazos hasta que puede notar aquellas vendas alrededor de sus muñecas. Una segunda oportunidad. Sonríe y llora con aquella intensidad de haber vuelto a nacer.

Desde entonces jamás olvidó que nunca hay problema sin solución, que no hay tormenta que dure para siempre, que no hay dolor inaguantable y que no hay nada más grande que el amor de Dios.

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