Las sombras de los recuerdos me solían atormentar como fantasmas que penan en busca de descanso. En mis momentos de soledad siempre aparecía el suspiro que formaba un conjunto perfecto con la mirada extraviada en un mar de pensamientos. Los ojos vidriosos y la incertidumbre eran una constante. Mas el tiempo transcurrió. Las manecillas del reloj continuaron girando y así como su recorrido me alejaba cada vez más de lo que pudo ser, también me aproximaba a un destino más tranquilo y reconfortante.
La tristeza que había querido anidar en el rincón más oscuro y solitario de mi alma, tuvo que buscar otro lugar en el cual habitar, muy lejos de mí. El temor por recordar y la necesidad de buscar culpables desaparecieron por completo.
Camino un sendero iluminado por el amor de mis seres más queridos, y rodeado por frondosos árboles de sentimientos y experiencias que me protegen de los peligros que puedan aparecer.
Finalmente la oscuridad que me quiso invadir fue exterminada por una luz radiante que me recordó todo lo maravilloso que tengo. Observar el sol todos los días no produce la misma sensación que cuando se lo observa luego de una tormenta. El cielo despejado, las nubes blanquísimas, el celeste perfecto que las cobija, un escenario maravilloso que reina actualmente en mi vida. Y lo valoro más. Mucho más.
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