La noche va cayendo y el viento proveniente del río se torna cada vez más frío.
Mi cabello se alborota, parece que tuviera vida propia y que algo tratara de contar.
Miro a las personas, detallo sus rostros, movimientos, gestos, ademanes... Tanto tenemos en común y sin embargo, somos tan diferentes.
Padres con sus hijos compartiendo momentos familiares, parejas demostrándose afecto sin importarles las miradas de los otros, niños jugando con ojos inocentes, hombres y mujeres vendedores que buscan a través de su oficio conseguir dinero, y yo... Yo, solitaria, pensativa, en medio de todos ellos siendo nadie.
Pasan a mi alrededor, algunos me miran, otros no; todos llevan un propósito y yo también.
Me detengo un momento a observar el río, su corriente, aquel vaivén delicioso que me transporta a otro mundo, que borra de mi mente todos los pensamientos y la deja en blanco.
¡Es extraño! He dejado de pensar, solo detallo el movimiento del río. Todo se torna callado de repente, como si el mundo se hubiera detenido. Yo continúo en mi trance observando al río, hasta que un insecto volador revolotea frente a mi rostro y me regresa a la realidad.
Al cabo de unos segundos retorno de mi viaje. ¡Qué pequeños son mis problemas! Reflexiono, vuelvo a mirar a la gente, pero esta vez trato de adivinar sus problemas, preocupaciones y necesidades.
Las luces de la ciudad, el viento, el río y las personas crean un escenario fantástico que nadie pareciera detallar; todos piensan en algo más. ¿Por qué no valoran lo significativo que puede haber en algo tan "cotidiano"?
A veces por la costumbre de tener algo no apreciamos su belleza e importancia, hasta que desafortunadamente lo perdemos.
Entonces... ¿Qué pensarían si mañana hubiera una guerra y aquel maravilloso conjunto quedara convertido en ruinas?
Quizás ahí valorarían lo que tuvieron, pero ¿por qué esperar un desenlace fatal para destacar los aspectos positivos de nuestro entorno y de nuestras vidas?
Continúo caminando, tratando de no escuchar el estruendoso reggaeton que emite uno de los parlantes de un local comercial.
Me vuelvo a detener seducida nuevamente por el majestuoso río. Esta vez me imagino volando sobre él, flotando, siendo una molécula que se deja llevar y vuela, sin rumbo, sin un destino, sin nada que perder o ganar.
Un señor con su hijo pasan a mi lado, el niño agarra la mano de su padre y en ese momento reflexiono sobre los profundos nexos que se establecen entre padres e hijos.
La seguridad que siente el infante al ir de la mano de su progenitor... Definitivamente son vínculos que jamás deberían romperse. Aunque en la realidad, muchas veces suceda así.
En unos cuantos minutos he observado tanto amor a mi alrededor. Seres humanos amándose los unos a las otros. En momentos como éste siento que no todo está perdido en este mundo porque el sentimiento más puro, el amor, sigue intacto en los corazones de muchas personas; y es allí que se encuentra la solución para los problemas que nos aquejan.
Sonrío satisfecha y me despido de este río citadino que aguarda por sus extraviados navegantes que en tiempos remotos solían visitarlo con frecuencia. Me alejo y observo al colosal Guayas regocijándose a las orillas de la metrópoli. Dejo de meditar y me concentro en cruzar una transitada avenida para volver a mi seguridad, a aquel vínculo eterno que se formó desde el momento en que eché raíces en este mundo: Mis padres.
Tierno, bello, puro. Sin contaminaciones. Totalmente ecologico àra el alma.
ResponderEliminarmuchas gracias! =) me alegra q le haya gustado!
ResponderEliminar