domingo, 26 de diciembre de 2010

Un sueño

Esta noche soñé que no estaba sola... Rompí mis cadenas y salí a buscarte. Sin saberlo, ya estabas esperándome, como si hubieras leído en mi mente la intención de fugarme. No era un sueño gris. Estaba lleno de color. El único ser pálido parecía ser yo. Los ojos cerrados para no ver lo que se mostraba evidente y un sobrepeso en mi espalda me daban un semblante de sufrimiento.

Mas tú estabas ahí. Te aproximaste para disminuir la carga que llevaba. Tu ternura y preocupación me conmovieron a tal punto que decidí confiar en ti. Aunque fuera la última vez. Aunque fuera solo en un sueño que no sería eterno.

Agarraste mi mano y me llevaste por senderos que no quería recorrer. Seguía con los ojos cerrados para no reflexionar sobre la realidad, para perderme en ese mundo de ilusiones en el que me gustaba vivir, aun cuando me traía tanta decepción y desdicha.

Pero tenía que enfrentar esa verdad. No podía continuar en ese ciclo de caídas y recaídas constantes, en el que la única persona que estaba condenada a perder repetidamente era yo. Me encontraba en un juego perfectamente planeado para que yo jamás fuera la ganadora. En medio de mi ceguera no podía ver las opciones. Me perdía en aquel círculo del que no conseguía salir.

Mas tú me ayudaste. Me obligaste a abrir los ojos, aunque no quería hacerlo. Me daba temor enfrentar la verdad de que lo que había vivido era solo un espejismo, algo que jamás existió. Aunque para mí fue muy real mi mundo de dos, cuando abrí los ojos pude ver que allí solo viví yo. No era de dos. Siempre fue de uno. De la perdedora.

Cuando al fin mis párpados se alzaron para dejar al desnudo mis pupilas, la luz que ingresó por mi retina me hirió. Estuve tanto tiempo en la oscuridad que ya me había acostumbrado a ella. Había olvidado que existen otras opciones, otros caminos... Y me empujaste a verlos. A descifrarlos. Y finalmente caí. Necesitaba caer para volver a sentir, para recordar que seguía viva, que debía levantarme y seguir.

Eso hice. El aprendizaje no concluyó allí. Empecé a caminar aunque al principio me tambaleaba y quería retornar a mi estado inicial, de ojos cerrados, mente cerrada, verdades rechazadas... Pero seguías ahí. Motivándome a avanzar. Y fue allí cuando vi en ti algo que no creí volver a ver. Algo que pensé jamás sentir y que lo reservo dentro de mí.

Ahora ya no soy aquel ser descolorido que destacaba por su rareza en un sueño multicolor. Me mimetizo con ese entorno maravilloso al que me transportas cuando aprietas mi mano, cuando invades mi sueños y me llevas junto a ti.

Y todavía sigo en esta noche. Sumergida en aquel sueño que pasó de gris a tornasol. Esta es la historia de una ficción. Una fantasía creada por mi corazón para regocijar mi alma... No existimos en el mundo. Solo vivimos en nuestros sueños. Es allí donde nuestras almas encuentran vida y amor. Solo un sueño de dos.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

En búsqueda de la muerte


 Una camilla de un anaranjado intenso por el óxido que se apodera de ella yace en el suelo. Sobre ese metal deteriorado observo jirones de ropa. Retazos de lo que alguna vez fue una blusa, un jean azul, un sostén lila y un calzón blanco. Ahora no son más que desechos, vestigios de algo que existió y que ya no tiene utilidad.

Por los estampados en la blusa imagino que su portadora era una persona joven. Inmediatamente la tristeza me invade al recordar que estoy frente a la puerta de la morgue de la Policía Nacional y que aquella mujer debe estar muerta.

¿Qué le habrá pasado? ¿De qué habrá muerto? Estas preguntas seguramente el médico forense también está intentando descifrar, mientras examina el cuerpo de la joven que hasta hace unas cuantas horas estaba viva, era parte de este mundo y en este momento es tan solo un cadáver que alguien llorará, quizás.

Es inevitable reflexionar en instantes como éste sobre el nexo inquebrantable que mantenemos con la muerte Cierro los ojos para dejar de observar a la camilla. Mi audición se agudiza por la ausencia de uno de mis sentidos y pongo atención a todos los sonidos que se suscitan a mi alrededor: Una señora exclama “encebollado, encebollado” desde un comedor cercano, un hombre vende camisetas en la esquina, los carros pitan en la calle y escucho la canción “locos de amor” que se reproduce desde alguna casa.

El mundo grita a mi alrededor, mientras me invade el silencio de la muerte. Mis pensamientos me obligan a callar. Llevo dos horas esperando ingresar a la morgue, pero la “bendita” burocracia me impide el acceso. El doctor Montenegro, un hombre pequeño de abultado estómago, me repite que necesito una autorización para ingresar. Respiro profundo y cruzo la calle evitando observar su figura.

De repente, me tropiezo con un grupo de personas que cargan un ataúd. Lo ingresan a la Funeraria Olivares, ubicada justo al frente de la morgue. Ocho hombres se amontonan en la entrada del pequeño sitio. Algunos están llorosos, otros muestran un semblante austero. Ninguno conversa. Intercambian palabras en ocasiones, pero el silencio siempre surge como el símbolo de la pena que están sintiendo, o quizás se constituye en aquel compañero de la muerte, intentando brindar consuelo cuando llega el momento de la partida.

“Yo también soy travieso” alcanzo a leer en la camiseta blanca de un joven de unos 25 años. La picardía que denota aquella frase se opone a la tristeza de su rostro. Por su vestimenta podría deducirse que no estaba preparado para vivir una situación de esa naturaleza. Coloca su mano izquierda en la pared y observa a una mujer de aproximadamente 40 años que yace amarilla en el interior del ataúd. Es el ser querido que acaba de perder.

El incesante tráfico de la calle intenta perturbar el silencio sepulcral del momento. Varios vendedores transitan por el sitio. Todo está vivo, menos aquella persona que está recibiendo una dosis de formol. Su fluido vital es reemplazado por esa sustancia letal de penetrante olor. Así de efímera es la vida.

Treinta minutos después, los hombres parten en una camioneta junto al féretro café. En la funeraria solo permanece un señor con guantes de látex que se apresura a limpiar los recipientes que utilizó y se sienta a esperar… a esperar, a esperar en medio de ataúdes a la próxima víctima que la muerte le entregue para mantener su negocio.

Unos lloran y otros obtienen beneficios de ese sufrimiento. Así está diseñado este mundo, en el que los polos balancean nuestras vidas constantemente, obligándonos a fluctuar entre lo bueno y lo malo, la alegría y el dolor, la muerte, el silencio, la tristeza, la angustia y el temor.

Retorno a la morgue para confirmar que mi ingreso es prácticamente misión imposible. Entonces parto a las salas de velaciones de la Junta de Beneficencia, para reproducir el recorrido de un cadáver. Al llegar a aquel sitio me sorprenden los contrastes: Unos lloran y otros parecen encontrarse en una reunión, conversando sobre la familia y hasta riéndose. Demasiado superfluo el ambiente para permanecer allí mucho tiempo.

Decido caminar hacia el sitio donde van los muertos, donde también van los vivos: El cementerio. En medio de varias transitadas avenidas se encuentra el Cementerio General. A pesar del bullicio que lo circunda, allí el silencio se percibe desde el ingreso. Los pitos, gritos y demás no se sienten en este sector.

Grandes estructuras blancas con miles de tumbas en su interior se alzan majestuosas y las observo con temor, con el temor de imaginarme allí, en una bóveda, encerrada para siempre. Camino con lentitud y un señor me pregunta si necesito una escalera para dejar unas flores. La muerte es su vida, la que le da el pan cada día.

Respondo negativamente y aprovecho que me encuentro en este lugar para buscar la tumba de mi abuela. Hace cuatro años partió y desde aquel 26 de junio no volví a observar su blanca lápida. Ahora intento hallarla entre cientos de nombres que para mí no son más que eso, nombres, pero que para otras personas deben haber sido toda su vida o al menos una parte importante de ella.

Mientras camino, se alzan frente a mí majestuosas estatuas que buscan embellecer este solitario y melancólico paraje. Ángeles que extienden sus alas con rostros amenos, pretendiendo brindar un consuelo a la muerte. Para mí son solo figuras que las construyen aquellos que tienen el dinero para hacerlo.

En la parte de atrás, lejos del cemento y la belleza de las esculturas, se encuentran las tumbas de los pobres. Las que tienen las cruces torcidas, los nombres borrosos y la tierra las cobija. “Por allá es peligroso”, menciona una señora. Al parecer la inseguridad también les está reservada en la muerte. 

Luego de una hora, declaro por terminada mi infructuosa búsqueda. No encontré la tumba de mi abuela. Regreso al bullicio de la ciudad. Observo las blancas paredes de ese lugar que se imponen como las murallas que separan a la vida de la muerte. Me pregunto cuánto tiempo pasará para que regrese. Un frío recorre mi cuerpo y prefiero evitar este agobiante silencio que me induce a meditar sobre el estado definitivo que nos arrebata la vida.

Tarareo una canción e ingreso a un bus para retornar a mi casa. Al llegar, me acuesto en mi cama. Hoy tengo 24 horas menos de vida que ayer. ¿Cuándo llegará el día en que mi línea finita me lleve a un incierto destino? El temor ya no me invade ante este nuevo pensamiento. Estoy en este mundo fútil y vano de fugaces momentos gratificantes que intentan traer confort a nuestra mortal existencia… Sonrío. Es la manera más efectiva de demostrarle a la muerte que todavía no me arrebata los sentidos. Aún puedo hacerlo. Sigo viva.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Vaso


Un vaso en medio del ajetreo constante de este sitio. Alguna vez fue útil, tuvo valor. Ahora permanece en un rincón, olvidado, ignorado… La mancha chocolate que yace junto a él pareciera ser la sangre que derramó en el momento que se aproximaba con violencia al suelo. Allí está. En el olvido.

Cientos de personas transitan con rapidez el sitio, pasan junto a él, casi lo pisan, pero ni lo determinan, es invisible. En realidad no importa mucho porque es un vaso, algo inerte que pierde interés luego de cumplir con su objetivo. Pero, desafortunadamente existen seres que ven a otros como a aquel vaso. Todos están ahí para su beneficio y una vez que cumplen su objetivo son echados al olvido, estrellados violentamente con el suelo… La sangre chocolate se derrama mientras su vida se extermina en la indiferencia.

Y así también existen naciones con aquellas características; usan a otras hasta que pierden valor y son olvidadas.Yo vivo en un vaso. En un vaso del sur del mundo. Un vaso medio lleno, medio vacío. Un vaso que quiere destacar pensando que es aquel ser que lo desechó. Pero sigue siendo un vaso. Un simple vaso que algún día derramara su sangre chocolate y se irá a la miseria llevándose consigo todo su contenido. 

Este vaso nos llevará a todos si no luchamos por evitarlo. Recordemos que un vaso puede ser reciclado. Depende de nosotros. El futuro está en nuestras manos. 

Una hoja

La página ha adquirido un semblante descolorido y la ausencia de tinta la torna aún más pálida. Desearía ser como aquel frágil papel que no tiene una historia. Sin pasado ni futuro. Sin contenidos que borrar ni recuerdos que evocar en los momentos de soledad.

Mas mi presente se ha convertido en un libro con conflictos inconclusos, lleno de raíces que lo anclan a un pasado que -creo- ya no existe más. No comprendo por qué no me quiebro en este momento en que siento que un final se aproxima. Quizás en esta historia yo seré aquel personaje antagónico que establece un vínculo con la soledad y que tiene un triste desenlace.

Será? Quisiera ser como una página que no tiene nada que contar, nada que ocultar, nada que olvidar y nada que perder. Mas estoy llena de tinta y con múltiples opciones que de una u otra forma traerán sufrimiento. No sé si optar por la soledad y que aquella se convierta en el camino para reordenar estas hojas que han perdido su rumbo, como un río que debe disminuir su fuerza para reencontrar su cauce.

Te busco y ya no estás. Te has desvanecido de mis sueños, perdiste tus alas de ángel y la luz que habías traído a mi vida se apagó. La apagaste (?) o quizás la apagamos. Solo ahora puedo notar que me estaba aferrando a un pasado que no se trasladó al presente, que me agarraba del espejismo producido por todo lo que alguna vez sentimos.

Pero carezco de valor para enfrentar la realidad, aunque en mi mente la conozca. Esta vez mi corazón interfiere con su testarudez característica, obligándome a permanecer en la mitad, entre un principio y un final. En ese paraje incierto que solo trae sufrimiento y dolor.

Nuevamente la soledad emerge como la única solución gratificante. Será? Sigo sin valor para tomar una decisión. No sé si estoy preparada para dejarme abrazar por la compañía de la soledad. Tengo el temor de que esto concluya mal. Siento que así será, aunque lucho por abrazar la remota esperanza que no sufriré, que todo saldrá bien y estaré feliz.

Quizás es el momento preciso para comprender que la felicidad es repentina, fugaz y escurridiza. Pero ya que importa... Ya he aprendido a levantarme más fuerte y eso haré. Siempre.

domingo, 17 de octubre de 2010

Más allá del esfuerzo


Suena el timbre de salida y la algarabía de los alumnos invade la calle rápidamente. Jóvenes de todas las edades ocupan la cuadra y sus rostros evidencian la satisfacción de poder dirigirse a sus hogares. Entre ellos se encuentra Nery Cimisterra, de 17 años, que parte del colegio Santísima Trinidad, ubicado en La Floresta 1, al sur de la ciudad. Son las 13h30 y para muchos la jornada ha concluido; para él, está muy lejos de terminar.

Con el uniforme y la mochila al hombro podría mimetizarse entre el alumnado, pero sus casi dos metros de alto lo hacen destacar. “Mi estatura y mi piel negra inspiran temor a veces”, confiesa entre risas mientras se aparta de la multitud para ir a su casa, localizada a tan solo unas cuadras de su centro de estudios.

Camina presurosamente. No tiene mucho tiempo para almorzar, porque el primer trabajo del día lo espera: lavar carros. Su madre Alexandra lo recibe con la comida lista. Nery besa su frente y mientras su progenitora coloca el plato en la pequeña mesa de plástico, él corre a buscar su guitarra para relajarse un rato. En el futuro se visualiza como un cantante reconocido, con una buena esposa y una casa.

Comienza a cantar en la sala aquella melodía que dedicó a su madre en un acto del colegio.“Y en este mundo solo hay una madre… en este mundo solo hay un ángel”, expresa en su canción. Alexandra sonríe y recuerda la primera vez que la escuchó. “Me hizo lloriquear”, agrega.

La relación entre los dos revela amor y respeto, pero no siempre fue así. Apenas un año atrás las discusiones eran constantes y Alexandra se desesperaba porque sentía que se le “escapaba de las manos”. La integración a la pandilla Ñeta había transformado a su hijo. Nery comenzó a participar en actividades delictivas de las que ahora se arrepiente, las calificaciones en su colegio empeoraron y el dinero que conseguía lo utilizaba principalmente para comprar armas.

Ahora, ocupa sus ingresos para adquirir perfumes, desodorantes, y lo que le alcance con lo poco que gana. En esa época obtenía bastante dinero, pero “eso no es garantía de felicidad... vivir con el temor de que alguien te mate, no es vivir”, reflexiona.
De lunes a domingo tiene dos trabajos: lavar carros de tarde y cuidar un negocio de máquinas de juegos de noche. Los sábados también da clases de guitarra a 100 jóvenes en una iglesia cercana. Y ahora quiere incursionar en un proyecto para llevar comida a los pueblos los fines de semana.

Sin embargo, el estudio es primordial para él. Se levanta a las 5h00 para hacer deberes y leer. Los miércoles pide permiso en su trabajo para aprender inglés en Pacific School, en el sur de la ciudad, donde tiene media beca por su situación económica, y destaca que su principal objetivo es graduarse del colegio para tener más opciones laborales.

Continúa rasgando las cuerdas de la guitarra café que le regaló su padre varios años atrás cuando le enseñó las notas musicales. Una canción cristiana salta a su mente y empieza a entonar letras dirigidas a Jesús, a quien le agradece el haberse alejado de la "mala vida".

Su hermano menor, Pierre, de 11 años, aparece en la sala cantando en voz baja. Conoce de memoria todas las líricas que Nery compone. Son cinco hermanos, y el cantautor es el mayor, el ejemplo a seguir, como destaca su madre. Luego de unos minutos abandona la guitarra sobre una silla de madera y empieza a comer. Son las 14h30. No tiene tiempo para descansar. Reemplaza el uniforme por una cómoda camiseta sin mangas y parte de su casa.

No hay muchas personas en los exteriores. Ingresa por un callejón y arriba a un parque conocido como La Mano Roja. En ese sitio se reunía con sus amigos Ñeta en el 2009, pero poco después de que se retiró de la pandilla, los líderes fueron asesinados y la presencia de mafiosos alejó a los pandilleros del sector.

Una neumonía que casi llevó a Nery a la muerte, los ruegos de su madre para que dejara esa vida y la lucha de su padre para que asistiera a la iglesia, fueron los principales motivos que le dieron la fuerza para abandonar las drogas, alcohol, robos y todo lo relacionado al bajo mundo.

Su pantalón de tela, los zapatos de suela, el cabello corto y peinado, contrastan con su semblante de hace un año. Grandes cadenas en el cuello, pantalones anchos, trencitas en la cabeza y una pistola bajo la camiseta formaban parte de su anterior apariencia. Jamás se hubiera imaginado predicando y cantándole a Dios. Pero así ocurrió.

Llega rápidamente a la avenida Domingo Comín, donde empieza el trabajo. Entra a una pequeña casa que funciona como negocio de limpieza de carros. Se despoja de la camiseta y con el torso desnudo agarra unos baldes para limpiar un skoda blanco que lo espera en la calle.

Cuando trabaja se transforma. Las risas y la espontaneidad que lo caracterizan son reemplazadas por un aspecto de concentración y seriedad. Gana alrededor de $0.50 por cada carro que lava, pero a él no le importa la cantidad. Su principal motivación es sentir que está saliendo adelante por sí mismo y convertirse en un verdadero ejemplo de superación para sus hermanos.

La tarde va cayendo y el joven retorna a su casa para merendar. No muestra cansancio. Su sonrisa reaparece en su rostro, llama a su enamorada, y cuando llega a su vivienda se apresura para comer. Una hora después se dirige de nuevo al mismo sitio donde lava carros, pero esta vez regulará el uso de las máquinas de juegos que también funcionan allí.

Con las luces de los postes acompañándolo durante el trayecto, vuelve a pasar por el parque, cruza la avenida, llega a esa pequeña casa y se dispone a vigilar a quienes juegan. Y así pasa el tiempo, entre un trabajo y otro; estudio, familia y su pasión, la música. Ahora sí, la jornada del adolescente está por concluir, pero en tan solo siete horas volverá a ejecutar aquella rutina que ha transformado su vida...


miércoles, 13 de octubre de 2010

Entre payasos y espejos

Los berrinches característicos del impulso casi infantil que suelen dominar en ocasiones a los seres humanos, he tenido que dominarlos para demostrar mi "madurez" y mi crecimiento con respecto a la manera de enfrentar la vida. He aprendido a callar mis problemas, a sonreír cuando lo único que quiero es huir y no ver a nadie, a armarme con una coraza que pretende ser mi protección para evitar ser lastimada y herida. He aprendido a llorar en silencio para que las otras personas no se enteren de mis problemas. Ya tengo suficiente con los míos como para tener que tolerar juicios y sentencias de otros que ni siquiera pueden experimentar la magnitud de los hechos que me agobian.

Los años pasaron desde mi infancia y tuve que aprender que en este mundo, o quizás solo en esta ciudad, no se puede ser una persona demasiado tolerante, porque el ser humano tiende a abusar de la paciencia y tranquilidad de otros. He aprendido que cuando alguien quiere humillarme de mí depende que lo consiga o no. He aprendido a callar cuando lo único que quiero es gritar. Sí, los años traen enseñanzas que nos impulsan a mejorar. Así dicen. Pero en realidad no me arriesgo a aseverar que ésa constituya una norma general.

Recuerdo cuando me caía de niña y lloraba, mientras varias manos se prestaban a levantarme. En el proceso de "crecer" he aprendido que caerse es sinónimo de risa y que las lágrimas de dolor deben ser reemplazadas por una apariencia inmutable que muestre serenidad, con el único objetivo de reflejar manejo y control de las emociones como si se tratara de entes robotizados incapaces de sentir (madurez?). Aprendí a levantarme con la cara al frente sin mostrar vergüenza y ningún gesto de sufrimiento para continuar mi recorrido, tratando de superar la vulnerabilidad del ser caído que es objeto de mofa.

Y aunque ya crecí y casi no voy a los circos comprendo ahora de una manera más vivencial la situación de los payasos que deben sonreír aunque por dentro quieran llorar. En este mundo, al parecer, triunfa aquel que esconde de manera más efectiva sus sentimientos para conseguir tener el control de su vida y, por qué no, de la de los demás. Todo esto ha involucrado mi proceso de crecimiento. Sin embargo, todavía persiste en mi mente la interrogante: Quién puede ser feliz?
Así es la dramática realidad de los espejos.

sábado, 9 de octubre de 2010

Los secretos de la luna

La noche oculta un velo de misterio. El termómetro marca menos grados, y en contraste su cuerpo eleva su temperatura. Se aferra con fuerza a la sábana y un grito es ahogado con la almohada. Tiembla y los latidos de su corazón se aceleran cada vez más. Sus ojos se arrugan ante las sensaciones que la invaden y una mano en su pecho la hace estremecer.

A la mañana siguiente, nada ha pasado. Amanece en su cama en un charco de sudor, pero todo sigue igual. Sin embargo, algo se ha perdido. El día transcurre con su monotonía característica y su mente se nubla ante el pasado reciente. Los recuerdos se han desvanecido como antiguas fotografías que perdieron su color.

Y así la luna aparece nuevamente. Impetuosa. Solitaria. Observándolo todo, sin poder hacer nada. El aire se torna frío, pero en esa cama de nuevo el fuego se enciende. Los estremecimientos reaparecen y un vaivén de mar salvaje se apodera del acolchonado sitio. Ha empezado un ciclo que se repite cuando el sol se oculta, quedando presente la feminidad de la luna.

Varios meses después, el colchón ha mutado su forma, la resistencia dejó de existir, el pasado ha perdido su nombre y aquella joven percibe cómo se ha pervertido su historia. Fue despojada de su cuerpo por un extraño al que tuvo que acoger como si fuera su padre. Y ahora es expulsada de su hogar por ser una pecadora y el responsable aparece triunfante.

Deambula por las calles con mirada perdida. Aprieta los labios al recordar las noches de aquel sucio vaivén que acabó con su vida. Fue temerosa y eso aniquiló su paz. El tiempo ha pasado y su existencia es solitaria, como aquella luna que solía ser impetuosa pero que el dolor convirtió en una pálida dama que ya no puede brindar calor... El frío y la melancolía anidaron para siempre en su corazón.

domingo, 19 de septiembre de 2010

El país de la impunidad

Observé sus ojos azabache de mirada perdida, las manos en sus temblorosos labios y las lágrimas que querían brotar tornando vidriosas sus pupilas... Él luchaba por no demostrar debilidad, aunque todos en silencio comprendíamos su dolor. Probablemente nuestros caminos nunca se hubieran cruzado si un borracho no hubiera acabado con su familia unas cuantas horas antes. Ojalá hubiera ocurrido de esa forma, mas no era así.

Ahora se encontraba ahí, hundido en un negro sillón, ignorando a su entorno porque en su mente libraba una dura batalla. Miles de recuerdos seguramente invadían su cabeza, mientras intentaba en vano entender que los rostros que alegraban su existencia ya no forman parte de este mundo. Sus tres vástagos fueron arrebatados de este purgatorio con una velocidad mortal y su esposa se encontraba en terapia intensiva, con la indecisión de vivir o acompañar a sus hijos en otro sitio.

No imagino la magnitud del dolor de aquel pequeño hombre que estaba a pocos instantes de aparecer en televisión. Un señor se acercó a ofrecerle una taza de café. Él la aceptó sin mencionar palabra. Yo no podría estar ahí sentada luego de perder a mi familia, pero él quiere contar su historia. Tiene sed de justicia.


Una mujer de aspecto sereno sostiene la mano de aquel valiente. Nadie conversa. Todo estaba en silencio como si se rindiera un postrero homenaje a los seres que en dos horas serían llevados a su morada de descanso eterno. De repente, un sentimiento de impotencia me invadió, e intenté buscar en mi mente alguna palabra que pudiera brindar aliento al señor que lloraba sin emitir sonido. 

Búsqueda infructuosa. No existen palabras que consigan siquiera atenuar un dolor de esa dimensión. Yo no puedo opinar sobre algo que desconozco. Sería una hipocresía mencionar "lo siento mucho". Acaso yo puedo sentir lo que él experimenta en ese momento? Era imposible. El dolor del vacío que deja la muerte solo puede ser atenuado con el silencio. Pero él quiere hablar, sí, quiere hablar en vivo, quiere pedir justicia, quiere contar su historia. 

Y así llegó el momento decisivo. Se paró y por primera vez levantó la cabeza. Caminó lentamente hacia el estudio, mientras un señor acomodaba el micrófono en su camiseta negra. Se sentó frente a dos panelistas y a la conductora del programa. Un zoom de la cámara mostró a los televidentes sus ojos cristalinos y la expresión de dolor que evidenciaba su rostro. 

"Esto no puede quedar así. Exijo justicia", sentenció con voz gangosa y su mirada adquirió un matiz austero. No habló demasiado. Ya había dicho lo que su alma anhelaba exclamar. Había roto el silencio para buscar justicia, mientras su esposa se encontraba en un hospital cercano, conectada a miles de cables que buscaban brindarle una chispa de vida. 

Luego de que el hombre expresó su demanda, el director de tránsito se deshizo en ofrecimientos, casi jurando por su vida ajusticiar al borracho que quiso contribuir a la reducción de la sobrepoblación mundial al exterminar 16 vidas en tan solo segundos. Sí, ojalá este país no sufriera de amnesia, pero parece que el fantasma del Alzheimer lo invade. 

Miles de personas son asesinadas, mutiladas, arrolladas, atropelladas, exterminadas en manos de otros, y sus imágenes cubren a diario las noticias. Sí, un día son noticias, al siguiente ya forman parte de la historia. De una historia que no quiere ser contada. De una historia que las personas mencionan solo un momento, para luego poderla borrar. Somos seres que sufrimos de amnesia. Y es así que aquel señor que con valentía se repuso a su dolor para exclamar justicia, mañana será tan solo un archivo de un programa, una historia olvidada en medio de la ciudad. 

Cuando se retiraba del estudio, observé su pequeña figura pasar por la puerta y sentí que mi corazón reducía su tamaño. Miré hacia una pared tratando de reprimir mis emociones. Regresé la mirada, pero él ya no estaba. Desapareció como las cientos de miles de historias que se desvanecen en unos cuantos segundos. Permanecí ahí con la mirada perdida, me senté en el negro sillón y con los ojos casi cristalinos reflexioné impotente: Una historia más que permanecerá impune en mi país. Triste subdesarrollo infernal...

Confieso

Confieso que a veces no soy la mejor, que suelo irritarme con facilidad y que en ocasiones no encuentro respuestas ante situaciones poco complejas. Confieso que en mis momentos de soledad miles de pensamientos agobian mi mente, pero siempre desencadenan instantes como éste en el que las letras se convierten en mi defogue. Confieso que soy incondicional con quienes amo y que también puedo ser un verdadero martirio para los seres que deambulan queriendo torturar a otros. Confieso que creo en Dios sobretodo y que su presencia ha iluminado mi vida. Confieso que creo en el destino, pero solo en la medida que pueda cambiarlo, transformarlo y hasta desviarlo. Confieso que mi corazón no alberga rencores ni malos deseos, solo algunos que otros ligeros raspones productos del tiempo y de los malos momentos que felizmente han sido pasajeros. Confieso que amo sin condiciones y que no tolero que alguien ataque a quienes quiero. Confieso que muchas veces he actuado un poco impulsiva, sin ocasionar daño. Confieso que no soporto la injusticia, aquella palabra que ha perdido su connotación negativa por exceso de uso. Confieso que vivo con almas benditas en un mismo techo que nos da el abrigo. Confieso que conozco personas carentes de valores y de las que procuro mantener distancia. Confieso que tengo amigos verdaderos a los que espero que el tiempo nos una de nuevo. Confieso que mi vida ha sido hermosa, con colores oscuros y tonos de arco iris, una amalgama de sentimientos nobles y actitudes positivas que me han permitido crecer. Confieso que siento temor de la muerte, aunque sienta que hay algo sublime después de ella. Confieso que creo en los ángeles y que al mirar al cielo siento que alguien me observa. Confieso que estoy enamorada de la vida, porque me ha encausado por caminos gratificantes, y es así que me encuentro rodeada de seres que son pequeñas luces que guían mi sendero. Sí, confieso, confieso que soy feliz. Confieso que amo con todas mis fuerzas. Confieso que me encuentro en un momento de dicha. Confieso, confieso que estoy siendo sincera y que momentos como éste no suelen repetirse. Por eso agradezco poder reflexionar sobre mi vida para plasmar en letras lo que mi corazón siente. Soy feliz gracias a ustedes. Gracias por formar parte de mi camino y por compartir conmigo miles de sonrisas. Confieso que hoy vivo a plenitud y con pasión, siempre de la mano de Dios.

domingo, 29 de agosto de 2010

Para ti

La noche del 21 de septiembre de 2006 sentí la necesidad de escribirte estas líneas...

Adiós!!! Ni siquiera pensé que me iba a doler de la forma en que me duele! Siento que pude haber hecho mas por ti y que no lo hice... No sé si es que ahora creo q eras una persona diferente a la que yo antes creia que eras.. Lo cierto es que te extraño y ahora no puedo retroceder el tiempo para decírtelo. 

Ni siquiera sé exactamente qué es lo que extraño de ti, porque aunque te dije adiós hace poco, creo que el verdadero adiós fue hace mucho tiempo... Solo sé que deseo que hubieras sido diferente y que yo también hubiese sido diferente... 
Los años enseñan bastante, yo aprendí, pero a ti se te acabó el tiempo. Espero que estés bien y que también me extrañes. Por ahora te digo adiós, pero un día te tocará decirme: Bienvenida a casa! Espero, aunque te extraño, que aquel día esté muy lejano... Hasta entonces: Que descanses en paz!!! Te quiero muchísimo!



domingo, 22 de agosto de 2010

La Honestidad…Pasada de moda?

Este texto lo escribí cuando estaba en el colegio. 



En las sociedades actuales, desde muy jóvenes, nos damos cuenta de la corrupción, de la injusticia, del poder del dinero y del poco amor hacia las personas; del gran amor por las cosas materiales. Así es nuestro mundo, un mundo lleno de guerras, de violencia y de conflictos… ése es nuestro planeta, y es nuestro hogar que será el de nuestros hijos, nietos, y generaciones futuras.

Las naciones poderosas se preocupan por fomentar riquezas materiales, por obtener su propio beneficio aunque por ello destruyan a otros países y al planeta, sólo piensan en conseguir más y más, sin medir las consecuencias. Eso es lo que enseñan a la juventud, el pensar sólo en el dinero y en la forma más fácil de conseguirlo, el robarle a quien casi no tiene con tal de conseguir más, te enseñan que la honestidad no sirve, que ahora vales por lo que tienes no por lo que eres, no por lo que creas, ya no importa si eres honesto, hasta es conveniente que no lo seas… Es lamentable esta situación, ver que la juventud se está educando sin valores, pero en realidad no es culpa de los jóvenes, basta con solo mirar el ejemplo que les dan de robo, corrupción, etc. Es fácil luego decir que la juventud está descarriada, pero ¿Por qué está así? ó dicho de otra forma, ¿Quiénes son los responsables de esa situación?

La respuesta es clara, aunque no la quieran ver, los responsables son las personas que aceptan la corrupción y no hacen nada para detenerla, las personas que buscan riquezas materiales y no las espirituales, los que buscan la guerra en vez de la paz, aquellos que se creen muy sabios asegurando que en este mundo ser honesto no sirve, que ya es algo pasado de moda, que lo que vale es conseguir lo que se desea, no importa cómo ni a quién dañes con tal de que lo consigas.

Esta realidad la podemos cambiar, porque hubo un tiempo en el que las personas valían por lo que eran, por su integridad moral, por su HONESTIDAD, las familias luchaban por inculcar principios y valores a los más pequeños, les enseñaban a ser siempre honestos, a nunca mentir, a no engañar ni calumniar. A pesar de que ese pensamiento se empleaba hace ya algún tiempo, no veo el motivo para que no se emplee ahora.

Probablemente muchos piensen que esto es una locura y que sólo vale quien tiene dinero y poder, pero eso no es verdad, ya que en realidad todo lo malo que has hecho estará contigo hasta el día de tu muerte, y después de ella. Todo el dinero y poder será solo basura de la cual ya no podrás disfrutar, porque no hay nada más grande en la vida que la riqueza del alma, el obrar de manera correcta, el saber que todo lo que conseguiste y le diste a tus hijos, no se lo quitaste a nadie, el poder decir antes de morir: “He obrado correctamente, he sido un buen ejemplo para los míos. Puedo irme tranquilo de que lo mucho o lo poco que tuve, lo conseguí con el sudor de mi frente, luchando contra los que creían que no se puede ser honesto, sintiéndome más grande no por lo que tengo sino por lo que soy… porque eso lo  seré siempre, el dinero se puede esfumar, pero lo que queda es lo que eres, eso nadie te lo puede quitar… ni siquiera la muerte”.

La honestidad es un valor que debemos cultivar, como tantos otros. Aprendamos a amarnos, a respetarnos, a luchar por lo que queremos pero sin herir a nadie. Estoy segura de que algún día ya habremos marcado una gran diferencia, y dejaremos un mundo mejor a todas las generaciones futuras; aquel mundo que tú cambiaste para bien y que ahora es el hogar de millones de personas con valores y principios que luchaste por seguir e inculcar, un mundo mejor al que encontraste, un mundo con más amor, justicia, y quizás, un mundo lleno de paz…!!!

Roxana Toral Reyes
5to FIMA
Liceo Italiano

lunes, 16 de agosto de 2010

La Perla del Pacífico desde el Santa Ana


Los últimos rayos del sol golpean con fuerza a este histórico lugar guayaquileño. Los ojos de Mauricio Calderón se arrugan por la presencia del astro que evidencia su vigor, a pesar de encontrarse a pocos minutos del ocaso. Desde lo alto del Cerro Santa Ana los recuerdos de los antepasados regresan a su mente ante mi pregunta sobre cuánto tiempo ha vivido aquí. Suspira y menciona que sus 52 años de vida los ha pasado en el cerro. “Cien por ciento guayaco”, agrega sonriendo. Y es que su abuelo, el marino Vicente Malavé, fue guardián de El Fortín, localizado en la punta del cerro, a principios de 1900. En aquel lugar se defendió a la ciudad de los constantes ataques piratas de los que fue víctima, siglos atrás; y ahora, en este sábado 17 de octubre del 2008, Calderón y yo conversamos amenamente ahí, donde se encuentran también una capilla y un faro.  

Desde allí observamos a varios turistas que contemplan a la Perla del Pacífico, con las cámaras guindando del cuello y sus miradas de asombro que revelan su condición de foráneos. Unos escalones más abajo, Joanne Cliff, de 55 años, agarra inmediatamente su cámara cuando advierte una cruz que indica que Guayaquil fue fundada allí en 1547. El destello del flash congela aquella imagen. “Muy bonito” destaca con su marcado acento anglosajón, mientras continúa subiendo los 444 peldaños que la llevarán a la cima, pasando en el trayecto por tiendas de artesanías, bares, restaurantes y galerías.

A medida que se aproxima a la meta, Guayaquil se entrega a su observador y cuando éste arriba al faro, construido en el 2002, obtiene una visión de 360 grados de la capital económica del Ecuador. La isla Santay, Durán, el cerro del Carmen, las aguas del imponente río Guayas y las miles de casas y edificios que se alzan en la metrópoli se pueden apreciar con facilidad desde ese sitio. Los flashes aparecen nuevamente. Cliff quiere congelarlo todo. Así también, Calderón hubiera querido congelar en el tiempo algunos aspectos del Guayaquil antiguo, que ahora solo permanecen como recuerdos.

Uno de esos aspectos es el económico. “Con un sucre podías hacer maravillas. Yo fui guardián de seguridad, albañil, comerciante… hice de todo y les di buena leche a mis siete hijos. En cambio, desde la dolarización no alcanza para nada, todo está caro”, indica al observar a Ángel, su hijo, que vende fotografías de Guayaquil antes y después de los procesos de regeneración del Municipio, en el escalón 400. “La venta no le produce lo suficiente. A veces $7 diarios. Con eso él no puede hacer mucho para mantener a sus tres hijos”, agrega.

Por los años 70 se dirigía al malecón a pescar y ésa era otra fuente de ingreso económico que ya no es permitida. Asimismo extraña la tranquilidad de una urbe que no tenía problemas de tráfico y en la que no se presentaban casos de secuestro y sicariato con la frecuencia de ahora. 

Pero no todo es negativo. El cerro ya no tiene aquel aspecto deteriorado y de abandono que complementaba muy bien su fama de peligroso e inseguro. Calderón reconoce que la inseguridad era muy grave y que por eso los taxistas rara vez aceptaban carreras hacia ese lugar. Jamás se hubiera imaginado que estarían los turistas caminando ahí con tanta tranquilidad como lo hacen hoy.

 “Aquí si se subía no se bajaba. Mataban a las personas y luego las dejaban botadas por donde ahora es el faro. Con la regeneración se volvió un sitio seguro que atrae al turismo” indica Jorge Pino, guardián del sector. Para él, Guayaquil se embelleció desde el 2000 gracias a las obras del Municipio, transformándose en un destino turístico. “Así como cambió el cerro, cambió la ciudad. Antes era fea; ahora es linda” sostiene evidentemente orgulloso de aquella transformación.

Y ese cambio se lo puede apreciar en una valla gigante, ubicada entre el faro y la capilla. La imagen a blanco y negro de la ciudad en 1880 contrasta con el fondo de una Guayaquil viva, actual, con luces que se encienden y titilan a lo lejos. No hay edificios ni colores en aquella imagen, solo varios barcos en el agua, un malecón abandonado, casas e iglesias; ahora, casi no se ven embarcaciones deslizándose en el río, hay cientos de locales en el malecón, los edificios del centro se levantan impetuosos y debido a su acelerado crecimiento, con casi tres millones de habitantes, se torna difícil poder divisar el horizonte.

Con la caída de la noche, el viento cada vez más frío agita mi cabello, mientras Calderón se despide para dirigirse a su hogar a cuidar de sus nietos. Lo observo alejarse, hasta perderse entre las decenas de visitantes. Yo permanezco allí, mirando a la ciudad donde nací, viendo en aquella valla al Guayaquil que no conocí y que no conoceré jamás. El de los pasillos, el del cacao, el de las serenatas… Yo conozco al moderno, cosmopolita, de vida nocturna, que baila reggaetón y que tiene múltiples sitios turísticos para recorrer.

Definitivamente la ciudad de hoy no es igual a la de ayer, porque el tiempo transcurre y todo transforma. Ahora luces, luces y más luces reemplazan a los rayos del sol que ya se ocultó, mientras que la imagen de la valla continúa igual: paralizada, inmortalizada, congelada en un tiempo que no volverá…    

martes, 20 de julio de 2010

Yo la maté

La maté. Fue un debate de vida o muerte. Me pregunto si alguien la extrañará. Sé que yo no. Jamás extrañaría su manera de obstaculizarme y de hacer mi vida miserable. Se creía mejor que nadie y yo... la maté. No fue una lucha fácil, cabe recalcar, pero luego de algunos momentos de crisis decidí finalmente exterminarla. ¿Si tengo remordimiento? NO, era necesario hacerlo. Yo debía tomar la decisión que había postergado para evitar el caos. Siempre he querido orden en mi existencia y he luchado por imponerlo, pero no lo he conseguido a plenitud.
Lo he conseguido. No la veré más. Ha claudicado. Siento un gozo por dentro que me hincha el pecho de emoción. Sonrío con optimismo y esperanza, como si su muerte hubiera renovado mi vida. De la muerte resurge la vida, y así ocurrió en este caso.
Quizás crean que soy una psicópata, pero aquí el único ente del mal era ella. Yo no.
Luego de tanto preámbulo, seguramente querrán saber quién es la "víctima",  que maté a sangre fría. Pues no hubo sangre ni sufrimiento, porque no era real. No era un ser de carne, hueso y flujos sanguíneos, aunque se alimentaba y crecía con mis miedos.
Sí, la aniquilé. No fue una lucha corporal, porque no era algo material. Era etéreo. Mas formaba parte de mí. Me había acompañado desde hace muchos años y no sabía cómo alejar su lastimera presencia.
Pero un día me armé de valor, su principal enemigo. Di el primer paso hacia un camino desconocido y aunque mis piernas temblaban de miedo, continué. Mi tembladera inicial sé que la regocijó y le dio fuerza, mas aun así pude avanzar para minimizarla con mi ímpetu.
Empecé a recorrer ese anónimo sendero dejando en cada paso los temores. Sentía que aquella ruta me iba a traer mayor gozo, pero ella insistía en hacerme dudar. Susurraba frases que me robaban el aliento, me rodeaba con un sudor frío que me estremecía, perturbaba mi mente con su presencia; mas decidí seguir adelante.
Cuando estaba cerca del final se aferró a mí con  una desesperación que me inquietó y reforzó mis dudas sobre el recorrido.
Me lanzó al suelo, caí derrotada y no podía dar ni un paso sin sentir la angustia recorrerme con frialdad.
Me armé con pensamientos positivos, pero ella era fuerte y luchaba por desvanecerlos. Sabía que no sería fácil y forcejeé con ella.
Grité con todo mi ser, fue un grito liberador, grité al recordar todos mis momentos de duda, todos aquellos instantes en los que ella había triunfado y me había hecho fracasar.
Extendí mis brazos para emanciparme y me levanté con un brío que ella no esperaba. Era la primera vez que yo actuaba así. Estaba desconcertada.
Grité nuevamente y mi mirada reflejaba fulgor y esperanza. En ese preciso segundo, ella se redujo. Se debilitó, cayó en el suelo y comenzó a convulsionar. El susto quiso invadirme nuevamente, pero no lo dejé.
Me paré frente a ella y sonreí satisfecha. Ella cada vez se reducía más y más.
Decidí darle la espalda y finalizar mi recorrido. A medida que me alejaba escuchaba sus gemidos desesperados y más me fortalecía. Cuando llegué al final del camino pude divisar una recompensa que no esperaba. Era grande. Y era mía.
Sí, yo la maté. Yo maté a la Cobardía. La dejé en el sendero y solo así pude llegar a la meta. Sé que a veces quiere resucitar, pero mi Valentía se lo impide. Está muerta. Sí. Yo acabé con su execrable presencia.

viernes, 16 de julio de 2010

Una pequeña parte

Sentí que nadie se preocupó por mí. Los amigos que me rodeaban no fueron más que afiches inanimados, meros observadores imperturbables de los hechos que me acontecían. No quería ver a nadie. La soledad parecía una solución gratificante y el silencio me permitía reflexionar. Lloraba sin emitir sonidos. No supe hacerme respetar y nadie estuvo ahí para ayudarme. 
Pasaron muchos años, pero esos hechos marcaron rasgos en mi personalidad. 
Cuando superé esa situación y luego de tantas reflexiones, sentí la necesidad de convertirme en aquella "defensora" que no tuve en mi momento de crisis. 
Y así cada vez que alguien molestaba a una persona sin ninguna razón, yo interfería como si fuera una abogada y arremetía contra aquel ser que buscaba humillar a otro. 
Me hice intolerante frente a las injusticias. Contrario a lo que pudo haber pasado, me convertí en una persona preocupada por los demás. Aunque en ese difícil momento no tuve un apoyo y las personas en las que confiaba me dieron la espalda, decidí actuar de manera distinta. 
Me armé con una coraza y salí a enfrentarme contra aquellos que buscaban minimizar a otros. Seres patéticos que no conocen ni la victoria ni la derrota.
Defendía a los atacados y me defendía a mí misma. Discusiones iban y venían, no me importaba. No había ningún motivo para que me importara porque la principal satisfacción que tenía era observar a mis "defendidos" y notar que en realidad contribuía en sus vidas. 
Continuo alzando mi voz cuando percibo una injusticia, y mi preocupación por el bienestar de los otros se mantiene como una de mis prioridades.  
Esta es una pequeña parte de mí. Un pequeño átomo que constituye mi ser, pero que se ha convertido en un rasgo importante en mi vida. 


martes, 15 de junio de 2010

Mutaciones

He visto a personas que se transforman a "entes intelectuales". Personalidades forjadas por una absurda necesidad de demostrar "inteligencia".
Transformación de gustos literarios, musicales, cinematográficos, entre otros. Rechazan todo aquello que antes solían amar. Y el panorama se oscurece. Llegan inclusive a criticar a quienes poseen sus anteriores aficiones.
Conocí a estas personas y vi sus mutaciones.
Rechazo sus transformaciones, porque no hay nada más importante que la autenticidad. Se puede ser original cuando se adquiere una personalidad "intelectual" estereotipada? No lo considero.
Pero ahí están, quemando los libros de Paulo Coelho que solían leer... Reemplazando canciones de Belanova por Cerati, transitando de Derecha a Izquierda, de capitalistas a socialistas. Y así la lista de cambios continúa.
No critico a quienes poseen estas tendencias de manera genuina. Pero no tolero a quienes mutan y las adquieren con el único objetivo de "encajar", de mostrar "intelecto".
Mas así es el mundo. Repleto de personas que evolucionan e involucionan día tras día. Repleto de entes acartonados que rigen sus vidas con estereotipos marcados por el entorno en el que se desarrollan.
Sus vidas transcurren entre necesidades creadas y falsos estilos de vida que pretenden adoptar como propios.
Borrar el pasado es imposible. Mas no lo notan. Su IQ superior les impide percibirlo... Triste realidad.

domingo, 25 de abril de 2010

Temporalidad

Una línea finita en la que nos desplazamos a una velocidad imprevista y que culmina en un incierto paraje. Sí, eso es el tiempo. Un sendero que nos acerca cada segundo más al final.

Pero, a pesar de conocer esta realidad, resulta difícil asimilar cuando alguien termina su línea y debe cruzar.
Así me ocurre ahora.

Yo te conocí durante siete años. No fuimos cercanas desde el principio, pero siempre vi mas allá que los demás. No me reía de tu sensibilidad o de tu manera de hablar. Jamás he sido así, y por eso tú viste en mí a alguien en quien confiar.

Yo no tenía más de quince años, tú probablemente más de cincuenta, pero la amistad no tiene edad. A pesar de ser una adolescente escuchaba tus problemas e intentaba darte ánimo cuando el mundo se mostraba en tu contra y tus ojos se convertían en cristales a punto de romperse.

Hace algunos años te enfermaste y te escribí una carta para desearte una pronta recuperación. Y así fue. Saliste adelante y regresaste con nuevas energías, con una sonrisa que en ciertas clases se solía opacar.

En ocasiones tus alumnos no te tomaban en serio, "normal", adolescentes que se creen dueños del mundo; y tú, un corazón sensible que no sabía tolerar las inmadureces propias de esa edad.

Recuerdo el día en el que ellos salieron del aula y yo regresé a hablar contigo. Tu mirada estallaba en rabia y las lágrimas rodaban por tus mejillas. Te abracé. Sí, probablemente mis compañeros habrán pensado que era una "lambona", pero tú y yo sabíamos que no era así. Quería reconfortarte y que te desahogaras conmigo. Eso hiciste.

Yo te agradecía por haberme estimulado a sentir cariño hacia una materia que antes no me gustaba. Eras mi maestra y mi amiga. Siempre lo serás. Y así pasaron los años.

Antes de graduarme quise mostrarte mi gratitud y te compré unas rosas para otra Rosa. Sonreíste y las recibiste con esa calidez que evidenciabas en los momentos de emoción. Te adjunté una carta y no la leíste frente a mí, pero la agradeciste con una mirada que no olvidaré.

El día de mi graduación, ese día en el que alcanzaba las metas de las que fuiste testigo, me regalaste dos libros. Los envolviste en una caja que habías hecho con tus propias manos, con esa creatividad que te caracterizaba...
Un libro sobre valores y un libro de matemáticas.

Curiosamente creo que esa fue la última vez que te vi. En las ocasiones que regresé al colegio no nos pudimos ver nuevamente. Yo quería comentarte sobre esta nueva etapa de mi vida: la universidad.
Supongo que ahora te la puedo contar porque estás allá y en todas partes.

Muchas veces me dijiste que no dejarías nada en este mundo el día en que partieras, y siempre te debatí afirmándote que no sería así, que contabas con el amor de muchos seres y en la mente de ellos vivirías para siempre.

Ahora que llegó ese día, seguramente puedes percibir  el cariño inmenso que alberga mi corazón hacia ti. Nunca olvidaré a mi profesora, a aquella persona que con alegría despejaba mis dudas y que me deseó los mayores éxitos en mi vida.

Todo lo que consiga será también un poco tuyo. Cada persona que ha dejado una huella en mí, me ha permitido crecer y ser cada día mejor. Gracias por eso Rosita, gracias por haber cruzado nuestras líneas finitas para permitirnos sentir un cariño y respeto eterno. Eso dejas en este mundo mi estimada maestra. Un cariño que no se apaga, que no se marchita y un recuerdo que siempre mantendré vivo, que no dejaré nublar.

El fin de esta historia no es tu partida. La línea finita no acabó tu vida, solo la cambió de plano. Algún día nos encontraremos. Sí, algún día volveremos a reír, a abrazarnos, a contarnos anécdotas... en fin.
Con una profunda tristeza porque sé que partiste, te digo GRACIAS, gracias por haber sido mi maestra, gracias por tus palabras, por tu confianza, por tu amistad...

Nos veremos nuevamente. La temporalidad es propia de la tierra, de este purgatorio... Allá donde estás, el tiempo es solo una quimera. La línea es infinita y el reencuentro, eterno.
Vuela alto dulce Rosita, vuela lejos, vuela llevando tus conocimientos a otros lares y compartiendo tu amor a otros seres... Buen viaje, querida maestra! Hasta pronto!

viernes, 26 de marzo de 2010

Te invito

Te invito a que hables de mí, a que me digas tus falsedades en la cara.
Sí, es una invitación abierta.
Por qué? Porque prefiero que me espetes en la cara lo que tu boca mentirosa no se ha atrevido a decirme frente a frente. Te escudas en los seres que por ingenuidad o estupidez confían en tu malsana mente.
Calumnias, mentiras, envidia, rencor, odio... Todo se encuentra almacenado en el mismo saco que evidencia tu notable inferioridad. Sin embargo, yo no albergo ninguno de esos elementos nocivos en mi corazón.
Ni siquiera odio tu sed de falsas palabras y búsqueda de conflictos perecederos. El sentimiento que me inspiras, el único que alcanzas a generar, es una profunda lástima. Sí, porque no puedes ser feliz por tus propios medios o logros; sientes la necesidad de alimentarte del sufrimiento de otros para sentirte acompañada en medio de tu soledad y angustia.
La verdad que no toleras es que mi felicidad carcome tu desnutrida alma. Y eso me da lástima.
Una persona que intenta traer al presente un pasado que ya se dejó vencer por el hoy, por la actualidad... es alguien que intenta aferrarse a una roca que se dirige rápidamente al fondo del mar.
Creas falsas realidades, tejes historias erróneas, quieres creer tus mentiras y tratas de que ellas generen la vida que no consigues lograr, ni conseguirás.
Pero tus mentiras no me alcanzan. Tu envidia me fortalece porque demuestra tu condición inferior. Y el amor que rebosa en mi corazón se convierte en el motor que me impulsa cada mañana a seguir adelante. Sí, aquel amor que buscas agrietar, pero que no logras ni siquiera provocar un imperceptible raspón.
Tu objetivo no se cumple. Sería más fácil para ti entenderlo ahora. Pero tu cerebro repleto de enfermas neuronas no te permite discernirlo.
Todavía no te atreves a decírmelo de frente? Era de suponerse. Las mentiras se sostienen en medio de la oscuridad y el anonimato, como un pordiosero que hurga en la basura para encontrar restos de alimentos que le permitan sobrevivir. La diferencia es que el pordiosero tiene más dignidad.
Sí, aquí estoy yo, diciendo las cosas de frente. Tratando que tu cerebro comprenda todo lo que ante tus ojos se muestra evidente: No te acompaño en tu angustia y soledad.
Estoy feliz en otro sitio, rodeada de seres que me aman sin condiciones, seres que me valoran, seres que me protegen, seres que ni en mil años podrás conseguir. Sí, esa es la verdad que te duele tanto admitir.
Me ocasiona pena que tus acciones reflejen tanta infelicidad en tu vida. De verdad. Creo que nadie merece ser tan infeliz. Ni siquiera tú.
En fin... creo que no aceptaste mi invitación porque allí estás, corriendo hacia el rincón más oscuro de la calle, huyendo de un enfrentamiento que sacaría la verdad a la luz. No lo soportas. La luz te hiere. Tu vida es un triste retrato en tinieblas.


jueves, 11 de marzo de 2010

Río citadino

Camino entre las personas tratando de descifrar sus movimientos para encontrar en ellos información que me permita entender sus maneras de proceder.
La noche va cayendo y el viento proveniente del río se torna cada vez más frío.
Mi cabello se alborota, parece que tuviera vida propia y que algo tratara de contar.
Miro a las personas, detallo sus rostros, movimientos, gestos, ademanes... Tanto tenemos en común y sin embargo, somos tan diferentes.

Padres con sus hijos compartiendo momentos familiares, parejas demostrándose afecto sin importarles las miradas de los otros, niños jugando con ojos inocentes, hombres y mujeres vendedores que buscan a través de su oficio conseguir dinero, y yo... Yo, solitaria, pensativa, en medio de todos ellos siendo nadie.
Pasan a mi alrededor, algunos me miran, otros no; todos llevan un propósito y yo también.

Me detengo un momento a observar el río, su corriente, aquel vaivén delicioso que me transporta a otro mundo, que borra de mi mente todos los pensamientos y la deja en blanco.
¡Es extraño! He dejado de pensar, solo detallo el movimiento del río. Todo se torna callado de repente, como si el mundo se hubiera detenido. Yo continúo en mi trance observando al río, hasta que un insecto volador revolotea frente a mi rostro y me regresa a la realidad.

Al cabo de unos segundos retorno de mi viaje. ¡Qué pequeños son mis problemas! Reflexiono, vuelvo a mirar a la gente, pero esta vez trato de adivinar sus problemas, preocupaciones y necesidades.

Las luces de la ciudad, el viento, el río y las personas crean un escenario fantástico que nadie pareciera detallar; todos piensan en algo más. ¿Por qué no valoran lo significativo que puede haber en algo tan "cotidiano"?
A veces por la costumbre de tener algo no apreciamos su belleza e importancia, hasta que desafortunadamente lo perdemos.
Entonces... ¿Qué pensarían si mañana hubiera una guerra y aquel maravilloso conjunto quedara convertido en ruinas?
Quizás ahí valorarían lo que tuvieron, pero ¿por qué esperar un desenlace fatal para destacar los aspectos positivos de nuestro entorno y de nuestras vidas?

Continúo caminando, tratando de no escuchar el estruendoso reggaeton que emite uno de los parlantes de un local comercial.
Me vuelvo a detener seducida nuevamente por el majestuoso río. Esta vez me imagino volando sobre él, flotando, siendo una molécula que se deja llevar y vuela, sin rumbo, sin un destino, sin nada que perder o ganar.

Un señor con su hijo pasan a mi lado, el niño agarra la mano de su padre y en ese momento reflexiono sobre los profundos nexos que se establecen entre padres e hijos.
La seguridad que siente el infante al ir de la mano de su progenitor... Definitivamente son vínculos que jamás deberían romperse. Aunque en la realidad, muchas veces suceda así.

En unos cuantos minutos he observado tanto amor a mi alrededor. Seres humanos amándose los unos a las otros. En momentos como éste siento que no todo está perdido en este mundo porque el sentimiento más puro, el amor, sigue intacto en los corazones de muchas personas; y es allí que se encuentra la solución para los problemas que nos aquejan.

Sonrío satisfecha y me despido de este río citadino que aguarda por sus extraviados navegantes que en tiempos remotos solían visitarlo con frecuencia. Me alejo y observo al colosal Guayas regocijándose a las orillas de la metrópoli. Dejo de meditar y me concentro en cruzar una transitada avenida para volver a mi seguridad, a aquel vínculo eterno que se formó desde el momento en que eché raíces en este mundo: Mis padres.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Las calles


Testigos silenciosos de innumerables acontecimientos. Las observo como si por primera vez me diera cuenta de su existencia.
Las gotas de lluvia que comienzan a caer las torna un poco nostálgicas; y la gente, que huye del agua, las deja solitarias.
Estas calles... Por estas calles transitaron personajes históricos y también vagabundos.
Algunos encontraron la muerte, aquí, en las calles.
Pisoteadas por miles de personas, transitadas por cientos de vehículos, ensuciadas y reparadas; las calles no mueren, son los testigos que no pueden hablar y que pasan desapercibidos en la agitada vida de ciudad.
Mojadas se vuelven como espejos que reflejan todo lo que las rodea, parecieran ser ojos que observan lo que se encuentra a su alrededor.
La gente pasa; las ignora. La mayoría cree que solo sirven como dirección, como una vía de tránsito; desconocen su pasado, la historia de aquella parte de cemento y brea que fue testigo de la vida y muerte de miles de personas.
Las calles, desapercibidas, forman parte de nuestras vidas y en el anonimato que las cobija subsistirán después de ellas...

lunes, 8 de marzo de 2010

Historias anónimas


Llora en silencio, llora escondida.
Nadie conoce su alma dolida.
Vive una historia desconocida.
En el anonimato, su vida perdida.
Lucha con fuerza, lucha sin medida.
Es de temple y valiente, no se da por vencida.
Y así el tiempo pasa. De noche y de día.
Sigue luchando por tener comida.
Sus hijos la admiran. Es una heroína.
Ella por los suyos ha entregado su vida.
Trabaja y trabaja. Sigue luchando.
Durante los 365 días del año.
Pero únicamente un 8 de marzo,
alguien le dice Feliz día Rosario.
Y sus ojos se tornan en aguas cristalinas.
Al menos un día no es una desconocida…


Para todas aquellas que viven historias escondidas, perdidas en el anonimato, para las que luchan, las que siguen adelante, las que no se dejan vencer… Para todas las mujeres del mundo. Feliz día. Aunque nos esforzamos los 365 días del año, por lo menos un día recuerdan el valor de nuestro ser. Un abrazo a todas.


¡Sucia!

Pies desnudos en el pedregoso pavimento. Una pequeña camiseta vieja. Un pantalón roto. Las manos sucias. La cara sucia. La vida sucia.

¡Sucia!, le gritó su madre cuando vio a su padrastro encima de ella. ¡Sucia!, le decía el padrastro mientras la poseía. ¡Sucia! Se sentía en su cuarto en los lapsos de soledad. ¡Sucia! Su vida era una suciedad, un despojo de la humanidad…

Sus grandes ojos con los que solía observarlo todo con ingenuidad desde niña se transformaron en dos destellos de lava que aniquilan a quien observan. Alguna vez creyó en el amor, en los hombres, en las mujeres, en la vida… Pero todo le fue arrebatado a punta de mordiscones en su pecho, de ropa arrancada a la fuerza, de una vida destruida en un orgasmo ajeno, y así, todo lo que alguna vez soñó se convirtió en el orgasmo de alguien más.

Desde que nació su madre siempre reclamaba su existencia. ¡Si no fuera por ti, estaría mucho mejor!

Sentía que era un malestar en la vida de su madre y un orgasmo en la vida de su padrastro. Y para ella… era sucia. Sucia porque su madre la tiró a la calle como un despojo que ya se usó y no sirve más, sucia porque su padrastro violentaba su pureza y sucia porque en esta sociedad todo aquello que no cumple un rol es un desperdicio, una suciedad más.

Sin dinero. Sin futuro. Sin un rumbo. Sin edad. Sin nombre. No era nadie. Era solamente un ser que deambulaba descalzo por las calles, que no tenía a quien recurrir, que no tenía nada que hacer…

Una mujer la encontró y divisó en su cuerpo una mina de oro. Le ofreció protección.

Por comida, por vivienda continuó en la suciedad. Su fuente de trabajo ahora se encontraba en medio de sus piernas. Ya no era solo el orgasmo de su padrastro; ahora, el de muchos más.

No hablaba con nadie porque no lo necesitaba. Su corazón era una piedra que constantemente era arrojada a un acantilado. Ya no sentía dolor.

La mujer le calculaba unos 15 años de edad. Nunca lo supo con exactitud porque ella casi nunca habló. Sin nombre. Sin edad. Sin un rumbo.

Pero llegó el día en el que se cansó de las decepciones del mundo y divisó en un puente su única salida.

Se acercó, colocó sus manos sobre la baranda y se paró encima del borde.

Se deslizó. Mientras caía, por primera vez volvió a sentir algo… Libertad. Y tenía un rumbo, la muerte.

Cayó barranco abajo ensuciándose con las piedras a su paso. Barro y sangre se mezclaban en su camino. ¡SUCIA! Murió. Como toda su existencia, su muerte también fue sucia, fiel reflejo de la sociedad en la que habitó.

Él es así

Su prepotencia y arrogancia lo han convertido en un ser que no se puede soportar, una persona imposible de observar sin sentir algún sentimiento negativo. Al menos así ocurre conmigo. Una sonrisa en su rostro pretende darle otro matiz a los comentarios ácidos que emite. Quiere demostrar ser mejor que todos, pero es precisamente ahí que evidencia su inferioridad.

Nos encontramos frente a un hombre lleno de complejos que busca esconder a través del ataque y minimización de las otras personas. Frente a los demás es un individuo majestuoso… En su soledad lo imagino atemorizado y rodeado de fantasmas que lo convulsionan sin piedad.

De todas formas, a la luz del día, retoma aquella posición de ataque y crítica a los otros para evitar tener que defenderse con argumentos y bases sólidas que desmientan los hechos de los que se le acusa.

Es un imitador. Le quedaría mejor el papel de mimo que aquel importante cargo que ostenta.

Si los personajes a los que admira caen, él seguramente caerá junto a ellos como un parásito que depende de otros para poder subsistir. Una forma de simbiosis que lo aniquilará.

Pero hoy está ahí. Fuerte, arrogante y soberbio… Atacando a los que no se encuentran en igualdad de condiciones para defenderse, pisoteando a las mujeres, sonriendo mientras coarta las principales libertades de los seres humanos, regocijándose del silencio de una nación que se mantiene impávida ante su inminente destrucción como quien observa un objeto que caerá sobre su cabeza y no hace nada para evitarlo.

Nuestro sino está marcado por nuestras indecisiones, por nuestra “tolerancia”, por un ser despreciable que pretende convertirse en una guía, por la ignorancia de los que pueden actuar, por la estupidez de la gente que aún mantiene aquella maldita venda en sus ojos… Es hora de despertar. ¡Vuelve a tu realidad! Abre los ojos y descubre que alrededor tuyo habrá destrucción y miseria si no actúas ya. Levántate y demuéstrale que la grandeza no es física, sino mental. Su tiempo vendrá, estoy segura. Caerá como una torre de naipes, se desplomará y su poder perderá. Espero que cuando eso ocurra todavía tengamos soluciones para todos los problemas que nos trajo. Esperemos amigos, esperemos. Si no queremos actuar, solo nos toca esperar…

En el 2009

Las sombras de los recuerdos me solían atormentar como fantasmas que penan en busca de descanso. En mis momentos de soledad siempre aparecía el suspiro que formaba un conjunto perfecto con la mirada extraviada en un mar de pensamientos. Los ojos vidriosos y la incertidumbre eran una constante. Mas el tiempo transcurrió. Las manecillas del reloj continuaron girando y así como su recorrido me alejaba cada vez más de lo que pudo ser, también me aproximaba a un destino más tranquilo y reconfortante.

La tristeza que había querido anidar en el rincón más oscuro y solitario de mi alma, tuvo que buscar otro lugar en el cual habitar, muy lejos de mí. El temor por recordar y la necesidad de buscar culpables desaparecieron por completo.

Camino un sendero iluminado por el amor de mis seres más queridos, y rodeado por frondosos árboles de sentimientos y experiencias que me protegen de los peligros que puedan aparecer.

Finalmente la oscuridad que me quiso invadir fue exterminada por una luz radiante que me recordó todo lo maravilloso que tengo. Observar el sol todos los días no produce la misma sensación que cuando se lo observa luego de una tormenta. El cielo despejado, las nubes blanquísimas, el celeste perfecto que las cobija, un escenario maravilloso que reina actualmente en mi vida. Y lo valoro más. Mucho más.

Vendaval

La fuerza de la gravedad y la furia del vendaval arrastran sin piedad las escasas hojas que se resisten a ser arrancadas de la vida. Caen una tras otra al suelo y el chasquido se asemeja a una película de terror, en la que la única presencia es la de las hojas sacudidas por el viento. Un silbido agudo acompaña la escena. El cielo se torna cada vez más gris y la temperatura disminuye a una velocidad abrupta. Ahí está ella. En medio de aquel tétrico escenario, con el corazón en la garganta, con los sentidos en alerta y con las pupilas dilatadas en señal de pánico.

Corre sin saber a dónde. Avanza entre los desnudos árboles, sintiendo que aquel silbido la persigue, la acosa, la acecha, la domina… De repente miles de sonidos más casi desquician su mente. Insectos, árboles, pisadas y chasquidos aumentan su nivel de alerta.

Corre porque siente que debe hacerlo. No tiene un rumbo. En aquel oscuro sendero no hay final, no hay salida, no hay escapatoria. Cae al suelo dejándose vencer, se coloca en posición fetal resignándose a su destino, esperando volver de esa forma a nacer, una manera de cerrar el círculo de la misma manera… pero ahora al revés. Esta vez no nacerá.

Una hoz aparece flotando sobre ella y de repente cae a su lado. Una voz retunda en el espacio. “Nunca dejes de luchar. En el momento que te rindes, pierdes. Levántate y sigue adelante que las tormentas en la vida no duran para siempre. Has recibido una segunda oportunidad para hacer las cosas bien. Despierta. Despierta. Despierta”.

Una luz cegadora le impide seguir observando. Un temblor súbito invade su cuerpo. Cada vez tiembla con más intensidad, más y más. Siente que empieza a caer, a ser arrastrada como aquellas hojas. Recuerda la voz. Así como las hojas debe luchar por no ser arrancada.

El recuerdo de su vida pasa por su mente. Momentos felices, tristes, una miscelánea de episodios que creyó olvidados.

La caída se detiene. No hay más sonido. Silencio. Oscuridad. Silencio. Silencio.

Una mano agarra la suya. No siente miedo. Abre los ojos, aunque creyó haberlos tenido abiertos antes. Sus padres están junto a ella, su novio también. Todos sonríen y las lágrimas se deslizan por sus rostros.

No comprende al principio, después sí. Observa sus brazos hasta que puede notar aquellas vendas alrededor de sus muñecas. Una segunda oportunidad. Sonríe y llora con aquella intensidad de haber vuelto a nacer.

Desde entonces jamás olvidó que nunca hay problema sin solución, que no hay tormenta que dure para siempre, que no hay dolor inaguantable y que no hay nada más grande que el amor de Dios.